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un libro arquitectónico

Esta semana, con motivo de la celebración del Día del Libro, muchos centros escolares programan actividades culturales extraordinarias. El instituto donde yo estudié habilitaba, con la colaboración de una librería de la ciudad, un pequeño espacio para la venta de libros (con el correspondiente descuento) durante la jornada del 23 de abril (ya sabéis, la fecha en la que murieron Cervantes y Shakespeare aunque ninguno de ellos lo hiciera realmente aquel día). No sé si eso se seguirá haciendo, pero en los colegios y escuelas infantiles que nos quedan cerca siempre tienen algún plan: entre abuelos que van a las clases a leer cuentos y contar historias, actuaciones musicales y competiciones deportivas, propusimos a la escuela infantil pasar un mañana con los niños hablándoles sobre los libros, y sobre un libro muy especial. Un libro arquitectónico, titularon en la escuela, para nuestro rubor, nuestra actividad.

Algo más de cien niños y niñas, con edades comprendidas entre algunos meses y los seis años, abarrotaban el aula destinada a actividades especiales; los días especiales son días de convivencia, de talleres verticales, de participación. Les enseñamos libros grandes, de esos que están repletos de imágenes y fotografías, y libros pequeños, de los que caben en la palma de la mano; libros cargados de letras y libros con dibujos; libros de papel, y libros blanditos. Pero en realidad todos (casi; alguno dormitaba en su hamaca) estaban deseando saber qué había debajo de la tela rosa con la que cubrimos el gran libro que con su ayuda (sin ellos saberlo) habíamos hecho, e íbamos a disfrutar.

La idea era hacer un homenaje al precioso libro The Giant Game of Sculpture de Hervé Tullet, editado por Phaidon; para ello, previamente en las aulas habían pintado de colores los cartones (de 105 x 130 cm), y en un par de mañanas los habíamos preparado, realizando cortes y ensamblándolos; el libro de Tullet es tan bonito que queríamos compartirlo con los niños y niñas que vemos a diario, pero a gran escala.

Y funcionó, vaya si funcionó. Durante el resto de la mañana estuvieron jugando con las formas geométricas de colores, buscándoles un lugar en los cartones, enredándose entre ellos; alguna que otra niña estaba empeñada en devolver las formas a los huecos de los que procedían (reconstruir el puzzle); otros estaban especialmente interesados en los círculos, otros en las rectángulos… y otros en las bridas de plástico que hacían de bisagras. Se apropiaron del espacio que delimitaban los cartones, de sus orificios, de las relaciones entre ambos lados, delante y detrás, dentro y fuera. Jugaron, con el caos y el orden simultáneos del que solo son capaces quienes no saben qué significan caos y orden, y que solamente saben gestionar, y qué bien, quienes se dedican a su educación.

Pensándolo bien, sí que es un libro arquitectónico.

fjp abril 2015

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Puerta Nueva a la Alhambra: conclusiones (no concluyentes)

La exposición «Álvaro Siza Vieira, Visiones de la Alhambra», no es una exposición concebida para presentar el proyecto de Nuevo Acceso y Centro de Visitantes; aunque puedas acabar conociendo (suficientemente) dicho proyecto.

Y desde luego, no es una exposición concebida para presentar dicho proyecto a alguien sin un mínimo de “habilidades” previas (lectura e interpretación de planos y maquetas). Casi podríamos decir que es una exposición para arquitectos. Casi, pero tampoco creo que sea así.

Es una exposición para entrar en el universo Siza, utilizando como excusa su proyecto para Nuevo Acceso y Centro de Visitantes de la Alhambra, en colaboración con Juan Domingo Santos.

Porque a los arquitectos ya nos son familiares los dibujos pensantes de Siza, sus pensamientos hechos líneas (¿quién no envidia ese modo de dibujar y pensar dibujando?); porque los arquitectos tenemos educada la mirada para entender los planos y maquetas y aprehender el edificio que nos cuentan.

La exposición habla de un proceso (que ha de encontrar un punto y seguido en la construcción del edificio), de un modo de trabajar (el de Álvaro Siza y Juan Domingo), de un lugar y un modo de entender este lugar.

Después, podemos entender lo hábil del modo de colocarse el edificio, adaptándose al lugar, a la topografía, para generar un mínimo volumen visible, para establecer una adecuada relación con el monumento. O cómo se asumen y reinterpretan (en clave contemporánea) mecanismos y elementos presentes en la ciudadela a la que se sirve; el agua, la vegetación, los muros, los accesos, los materiales, las escalas.

(También hay momentos para preguntarse si realmente la rampa-tapiz era el mejor mecanismo posible para la comunicación vertical en el interior del edificio, aunque probablemente un análisis minucioso del proyecto sea la respuesta a esa pregunta).

La exposición permanece en el Palacio de Carlos V hasta el próximo domingo 19 de abril. Aún tenéis ocasión. Y durante el fin de semana podréis visitarla de la mano de personal especializado (como dice la web del Patronato). Ayer yo tuve la ocasión de tener de guía a Blanca Espigares Rooney, alhambreña y arquitecta, que con su manera de contar las cosas (¿empezar la visita a una exposición a casi un kilómetro de la misma?) transmite su amor (porque eso es amor) a la Alhambra y facilita, seas o no arquitecto, la labor de entender la exposición y el proyecto; y eso siempre es de agradecer.

fjp abril 2015

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Palabras (urgentes) de arquitectura

Escribo estas líneas (urgentes) porque ayer asistí, de modo tardío, desatento y descontextualizado, a un improvisado debate sobre términos arquitectónicos. Sobre lo acertado de unos u otros términos. Como no he sido capaz de hacerme con una posición propia en el debate creo que no tiene sentido que lo traslade aquí; no sería justo; confío en que los participantes de dicho debate, si me leen y se dan por aludidos, me comprendan y disculpen. Esto me provocó no obstante la reflexión que de modo absolutamente desordenado (ojalá deliberadamente desordenado) e inconexo (reflexiones aisladas que ocupan el cerebro cuando éste está libre de otros pensamientos) transcribo a continuación casi tal cual, sin ánimo alguno de crítica ni de pontificar, pues claro está que no soy quién, y sí generalizando mucho y quizás exagerando no tanto. Perdón por añadir ruido.

A los arquitectos y arquitectas nos encanta hablar (y escribir) sobre arquitectura. O sobre Arquitectura; porque aquí empiezan los problemas: ¿Arquitectura o arquitectura?, ¿arquitectura o Arquitectura? Si alguno nos lo proponemos, somos perfectamente capaces de realizar una tesis sobre si han de usarse las mayúsculas o no.

En cualquier caso, cuando escribimos o hablamos sobre nuestra disciplina lo hacemos, muchas veces, de un modo denso, espeso (el lápiz en pie entre las palabras): analizamos una obra, o un proyecto, o un croquis de redistribución de un área de elaboración de alimentos, y buscamos una transcendencia en el objeto de nuestras palabras… y en nuestras propias palabras.

Nos gustan las palabras. Cómo no, benditas palabras. Y nos gusta leer nuestras palabras, utilizar las palabras, manipular las palabras. Decir lo que queremos decir. Exactamente lo que queremos decir, exactamente con las palabras con las que lo queremos decir (decir, escribir). Y por tanto nos gustan los juegos de palabras; cuanto más sutiles, mejor; así que con frecuencia tomamos prestadas palabras de otras disciplinas y las hacemos significar lo que queremos; las hacemos decir lo que queremos que digan (por nosotros).

Y además nos encanta leer sobre arquitectura. Sobre concursos, proyectos, instalaciones, premios, leyes, obras… y Arquitectura (sí, esta vez con mayúsculas).

Creo que con esto ocurre algo parecido a lo que ocurre con la fotografía: antes tirabas dos carretes de treinta y seis en un superviaje; cada foto era meditada, pensada, estudiada, medida… Hacías setenta y dos o setenta y cinco fotos en ese gran viaje de tu vida, y salvo las dos o tres que salían mal (movidas, sobreexpuestas, desenfocadas…), el resto eran excelentes fotos, que contaban cosas sobre los lugares que habías visitado. Ahora, con la fotografía digital (gratis), hacemos mil quinientas fotos cada vez que salimos al parque y con suerte habrá dos o tres visibles.

Antes cada texto se meditaba, pensaba, estudiaba y escribía con cuidado, cariño, tiempo y atención, y algunos de esos textos los leía alguien además del autor, e incluso acababa publicado y quizás leído por más gente. Ahora cualquier texto, incluso los meditados, pensados y estudiados, sale a la vida pública en un momento, y con inmediatez sabemos cuánta gente lo ha leído o al menos ha hecho el paripé.

A veces, sólo a veces, ocurre que nuestro gusto por escribir y nuestro gusto por leer se ponen de acuerdo de mala manera para crear un metalenguaje (en realidad es lenguaje, pero metalenguaje suena mejor) propio, un código interno de arquitectos para arquitectos. Un idioma propio que nos honramos de escribir, leer y entender. Supongo que en todas las disciplinas ocurre, hay textos especializados que sólo unos cuantos privilegiados son capaces de comprender. Y claro, ¿qué experto en una materia se atrevería a expresar que no entiende el texto escrito por otro reputadísimo experto en su materia?

Por fortuna, en la mayor parte de las ocasiones las palabras son medidas y elegidas y empleadas de un modo acorde al lenguaje común, y abordan la cuestión de un modo claro y capaz de transmitir las ideas o conocimientos que se pretende; sea para expertos, neófitos, o absolutos ignorantes de la materia, las palabras significan lo que significan, y las ordenamos unas tras otras con mejor o peor estilo de modo que logramos hacernos entender, con mayor o menor precisión quizás, pero de un modo suficiente y adecuado a nuestros lectores. Si no, ¿de qué sirve el lenguaje?

Hace algunos años, un anciano arquitecto de reconocidísimo prestigio, en la mesa redonda tras su conferencia, recibió una pregunta por parte de otro arquitecto, también de prestigio; como no podía ser de otro modo, la formulación de la pregunta fue extensa, repleta de digresiones, plagada de elogios, y precisa; o no tanto, pues bien fuera por la edad, el cansancio, las dificultades auditivas y/o idiomáticas, el preguntado, tras beber unos sorbos de agua, acertó a repreguntar: “¿Cuál era la pregunta?”.

fjp, abril 2015

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lecturas recurrentes

Cuando tenía aproximadamente diez u once años se editó una colección, no sé si semanal o quincenal, de las novelas de Emilio Salgari. Yo ya había leído “Los piratas de Malasia” y “El capitán Tormenta”, y durante algún tiempo en casa compramos dicha colección; no recuerdo, quizás diez o quince libros. La cuestión es que los libros llegaban al quiosco un día concreto (me suena miércoles), y esa misma tarde yo iba, lo compraba, y recorría el camino de vuelta a casa ya leyendo; no hace falta decir que esa misma noche lo terminaba, lo que me suponía un drama tremendo cuando la editorial había dividido la novela en varios volúmenes, y por tanto me quedaba con la intriga una semana (o quizás dos). Así que en mi memoria mi primer autor favorito es Emilio Salgari, con sus praos, corsarios, cimitarras, tugs, sanguijuelas… Sandokán, Yáñez, Mompracem…

Durante bastante tiempo me imponía la obligación de terminar los libros que empezaba. Si me estaba aburriendo… mala suerte; pero no concebía dejar un libro a medias; no recuerdo cuándo dije ‘basta’ (no recuerdo cuál fue el libro que no logré terminar, que me hartó, que me cansó de tal modo; y todos sabemos que para muchas cosas no es lo mismo un salto de calidad que un salto de cantidad: una vez has hecho algo por primera vez, no es difícil reincidir). Aún hoy día me sabe mal dejar un libro a medias, pero supongo que la consciencia de que jamás podré leer todos los libros que querría leer ni releer todos los libros que querría releer me hace pensar que dejar a medias uno que me está disgustando es un mal menor.

 

No sé cuándo leí Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina; sí recuerdo que con quince o dieciséis años copié la portada, a lápiz; supongo que más o menos en ese tiempo lo leería. Pero sí sé que desde entonces durante muchos años fui (he sido, soy), incondicional de sus libros: ‘Beltenebros’, ‘El invierno en Lisboa’, ‘El jinete polaco’, ‘Ardor guerrero’, ‘Nada del otro mundo’, ‘Plenilunio’… Algunos los disfruté más, otros menos,  pero para mí Muñoz Molina (mi segundo autor favorito, supongo, cronológicamente hablando) es garantía; no sé de qué, pero garantía. Recientemente me gustó mucho ‘La noche de los tiempos’, no tanto ‘El viento de la luna’. Así que tras varios intentos frustrados, hace poco leí ‘Ventanas de Manhattan’, y si lo terminé fue “por ser vos quien sois”; en fin, supongo que no lo leí en el momento adecuado, con el ánimo adecuado, qué sé yo; quizás yo quería leer una novela y es evidente que no lo es.

 

Y todo esto viene o no a cuento porque quería escribir un poquito sobre Javier Marías; anoche terminé su última novela, “Así empieza lo malo”. “Corazón tan blanco”, “Mañana en la batalla piensa en mi”, “Tu rostro mañana”, “Los enamoramientos”; no son libros que se relean en un rato, pero todos querría releerlos. Así que cogía “Así empieza lo malo” con cierto temor, cierto miedo a la decepción (nos pasa con lo que nos gusta mucho, supongo: queremos más, queremos el más difícil todavía, la infalibilidad, pero tememos el fallo; un personaje de “La casa de verano” de Alfredo Gómez-Cerdá casi se alegraba del asesinato de Lennon porque de ese modo la obra de The Beatles era una obra cerrada, acabada, no había más, no había riesgo de una reunión que produjese un esperadísimo y deseadísimo nuevo disco que pudiera resultar una pifia y por tanto un borrón en una carrera inmaculada).

No es “Así empieza lo malo” una novela fácil de leer; vaya, creo que Marías no es un autor fácil; requiere mucha atención, tomar aire y estar dispuesto a no respirar durante líneas y líneas, páginas quizás. No soy quién para realizar una análisis literario profundo del modo de escribir de Javier Marías, no le voy a descubrir a nadie sus digresiones, sus voces, su estilo.

Pero si en apenas una semana he leído esta novela de quinientas y pico páginas (sin estar de vacaciones, se entiende), será por algo.

Como no me va a leer, y no sé si lo que pienso se lo tomaría como un elogio, o como una crítica, o si (probablemente) me diría “no has entendido nada”, lo voy a escribir tal cual: Javier Marías lleva (casi) toda la vida escribiendo la misma novela; no es que todas sus novelas sean iguales (estilísticamente se reconocen, sin duda, pero no son iguales); no es que cuente siempre la misma historia (que no); es que para mi todas sus novelas (y sobre todo las que he citado, incluida esta última) y algunos de sus relatos (Cuando fui mortal), son una única novela. Creo que llegué a esta conclusión tras leer la trilogía “Tu rostro mañana”; tras leerla, recordé algo que Carlos Ferrater contó en alguna conferencia sobre las fotografías de arquitectura de Lluis Casals, y de cuánto éste había aprendido de los comics de Tintín, y que también tenía mucho que ver con el diseño de estampados para corbatas.

Javier Marías nos está mostrando una enorme fotografía del mundo (del mundo, del tiempo, de la vida) pero lo está haciendo por partes, con detalle, y dejándonos a veces ver relaciones entre esas distintas partes, y siempre, siempre, mostrando que en los bordes de la fotografía que nos deja ver cada vez hay algo más (y siempre querremos más, claro); una gran madeja de hilo del que tira por distintos extremos, con nudos, con bifurcaciones, con tensiones, con más extremos. Y además lo hace, creo, transmitiendo plena consciencia sobre la narración, sobre lo que supone la novela, sobre lo que supone contar, verbalizar, sobre el poder de la palabra (pensada, escrita, dicha, oída, leída, olvidada, recordada, reprimida…).

Como cuando leía a Salgari, ahora me toca esperar, quizás tres o cuatro años, para seguir recreándome en ese mundo.

fjp marzo 2015

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Puerta Nueva a la Alhambra: quejas y lamentos

El domingo pasado amaneció Granada envuelta en niebla. Un día feo, o al menos difícil de ver. Así que tras algunas dudas finalmente iniciamos nuestro plan familiar matinal: excursión a la Alhambra (en realidad, paseo por los exteriores, casi). Entre unas cosas (demoras) y otras (más demoras), finalmente el plan se transformó en paseo por el Carmen de los Mártires tras los pavos reales y otras aves, y por el Palacio de Carlos V, incluyendo descenso a la cripta para ver la exposición “Álvaro Siza Vieira: Visiones de la Alhambra”.

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Supongo que gran parte de mi problema fue pensar que iba a poder conocer en profundidad el proyecto del Nuevo Acceso y Centro de Visitantes. Qué cosas. Como el tiempo (ains, el tiempo) se nos había echado encima, no tuve más remedio que afrontar la visita como un curioso que pasa por allí y casi se limita a “echar un vistazo”; tendré que volver con mis gafas de arquitecto.

Y dicho esto:

¿Tanto trabajo cuesta exponer unos planos para que los entienda la gente? Es absolutamente imposible que una persona “de la calle” visite esta exposición y saque unas conclusiones reales sobre el proyecto que pretendía conocer. Los planos que hay, paneles del concurso a escala 1:200, en tamaño A0, requieren un gran esfuerzo de lectura y análisis, que evidentemente llevan un tiempo. Si los arquitectos somos, son, incapaces de elaborar unos planos suficientemente sencillos para que los entienda “cualquiera”… apañados vamos.

Sí, hay unas cuantas maquetas, que permiten apreciar la relación urbana, la volumetría general, algún detalle. Pero nunca entender cómo funciona, cómo va a funcionar el edificio.

Y sí, hay cinco imágenes generadas por ordenador que dan una cierta idea del edificio…

Si lo que pretende esta exposición es mostrar a la ciudad de Granada  (Berlín, Oslo, Toronto…) el proyecto de nuevos accesos a la Alhambra, y que la gente comprenda este proyecto, creo que la documentación escogida no es la más adecuada; si es lo que se pretende, claro.

Nada, que tendré que volver.

 fjp, marzo 2015
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Puerta Nueva a la Alhambra: prejuicios

En los próximos días tengo la intención de visitar el Palacio de Carlos V con la finalidad de recorrer la exposición «Álvaro Siza Vieira. Visiones de la Alhambra»,  en la que se presenta ante la sociedad granadina el proyecto (aún inconcluso) de nuevos accesos a la Alhambra.

Empecé a leer algunas cosas al respecto del citado proyecto: desde que se inauguró la exposición, la prensa local ha publicado diversas noticias en las que algunas personas califican el proyecto de atentado, secarral, insensible, y «centro comercial«. «Unos Abades a la entrada de la Alhambra».

Como bastante contaminada tiene uno la mirada ya con su deformación profesional, con su equipaje en la memoria, con sus querencias, sus filias y sus fobias, he decidido no añadir más carga y visitar la exposición «desde cero». Tan desde cero como cada cual y su subjetivo* punto de vista puede.

Llevo ya más de media vida viviendo en Granada. Me vine, y aquí me quedé. Sé que el hecho de no ser granadino hace que haya quien considere mi opinión menos válida con respecto a la Alhambra y el Albaicín; lo sé porque hace algunos años asistí a un acto en el que un arquitecto trataba de convencer a los asistentes de que su proyecto en el entorno del monumento era adecuado y recuerdo nítidamente a una señora reprocharle a voz en grito «pero es que usted no es de aquí»; agria polémica la que se organizó en aquellos días por el proyecto de marras y que acabó, si mal no recuerdo, con algunas modificaciones en la volumetría y texturas del edificio, que bajo mi punto de vista no le hicieron gran favor. Pero ese es otro tema.

Aunque meses antes de venirme a Granada alguien me advirtió «te vas a aprender la Alhambra de memoria», no es así; no me la sé de memoria. Cierto es que durante algunos años la visité con suma frecuencia, en diversas circunstancias: con frío, con nieve, con calor, solo, acompañado, muy acompañado, corriendo, en bicicleta. Medí, fotografié, dibujé, delineé, calqué… Lo normal para cualquier estudiante de arquitectura en Granada, incluido algún examen de dibujo en pleno invierno, para regocijo de los turistas japoneses que nos fotografiaban (por cierto, una observación: tan desagradable es hacer una acuarela cuando el agua se evapora como cuando se congela). Ahora ya voy a la Alhambra de turista raso: pago cuando procede, me someto a los horarios de acceso, y sufro las colas con la familia, como todo el mundo.

La Alhambra de Granada no es la Mezquita de Córdoba. Es obvio, pero creo que es importante. Para bien y para mal. La Alhambra es lo que es por su situación urbana y topográfica: aunque los comerciantes y hosteleros de Córdoba disfruten y aprovechen la situación de la Mezquita de un modo más que evidente. Pero Granada no es sólo la Alhambra: Granada es la Alhambra, la Catedral, el Sacromonte, el Albaicín… Así que si un turista viene a ver la Alhambra y se va a casa sin bajar por la cuesta de Gomérez, sin recorrer el Paseo de los Tristes, sin ver «el atardecer más bonito del mundo»,…, algo estamos haciendo mal (o el turista, o Granada). Y no creo que comer o tomar un café mientras esperas cómodamente tu turno de acceso sea hacer algo mal.

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Recomendaba un artículo de una revista el Palacio de Carlos V por encima de cualquier otra cosa de Granada. Para mi fortuna, puesto que el patio de dicho Palacio es mi espacio favorito de la Alhambra (en dura pugna con un banco de piedra que hay subiendo por la cuesta de Gomérez),  es de acceso gratuito. Y para fortuna de todos, esa elección (ver una sola cosa en una ciudad) no hay que hacerla a menudo, así que lo deseable es ver el Palacio de Carlos V… y todo lo demás.

Hablaba de mis prejuicios, y éstos hacen que si tuviera que confiar a ciegas a alguien el proyecto que nos ocupa, el elegido sería Álvaro Siza; tendría algunas candidaturas más, pero el elegido sería él. Y Álvaro Siza y Juan Domingo ganaron el correspondiente concurso de ideas, entre cuarenta y una propuestas. Siza no es Dios, claro, no es infalible. Pero cuando visite la exposición, trataré de dejar mis prejuicios disfrutando del patio circular, e intentaré, con toda la objetividad de la que sea capaz, leer, entender y analizar el proyecto. Ojalá mi apuesta hubiese sido acertada, porque creo que la Alhambra se merece un Siza, creo que Granada se merece un Siza, de verdad.

* La objetividad es imprescindible, sí, pero sólo existe desde la subjetividad que aporta el conocimiento, la experiencia, la memoria. Somos subjetivos porque tenemos nuestro punto de vista, vemos desde nuestros ojos. Para ser objetivos tenemos que hacer el esfuerzo de salirnos de nosotros mismos, de abandonar nuestro punto de vista, o de juntar éste con los demás, unir nuestra subjetividad a la de los demás.

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Recortable de las Viviendas en la Barceloneta

A finales de año editamos nuestro número 2, dedicado a las Viviendas en la Barceloneta, el conocido proyecto de José Antonio Coderch y Manuel Valls.

En esta ocasión, el recortable se distribuye en tres láminas A3 (420x297mm), dobladas en A4 y con la portada y contraportada como base para el montaje.

Se incluyen detalladas instrucciones de montaje en fotografías para facilitar el proceso.

El montaje del edificio, a escala 1:150, permite conocer no sólo la volumetría exterior del mismo, sino también la particular distribución de una de las viviendas.

Podéis adquirir el libro recortable en nuestros puntos de venta habituales, o en nuestra propia tienda.

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Geometría para náufragos

El horizonte según la definición de la Rae es “el límite visual de la superficie terrestre, donde parecen juntarse el cielo y la tierra”.

En geometría descriptiva, en el sistema cónico, la línea del horizonte se sitúa en el infinito, a la altura del punto de vista.

En algún momento de nuestra educación infantil aparecía una secuencia dibujada que nos evidenciaba que la tierra era redonda: desde el puerto, un observador veía acercarse un barco; inicialmente aparecía por el horizonte solo la bandera, luego el mástil, las velas completas… hasta que finalmente se revelaba la embarcación completa. Esta visión se producía (evidentemente) por la curvatura del planeta, que en el mar no se ve afectada por el relieve superficial; si la tierra, y por tanto la superficie marina, fuesen planas, en todo momento el observador habría visto el barco completo, aunque cada vez más grande (más cercano); como en nuestra geometría descriptiva.

Cuando el carguero en que viajaba con su familia se hundió, Piscine Molitor Patel logró mantenerse a salvo en un bote salvavidas. Allí encontró un manual de supervivencia, en el que aprendió que el horizonte, visto desde la altura de un metro y medio, se encuentra a una distancia de cuatro kilómetros.

Redefinamos el horizonte como el lugar donde se juntan el cielo y el mar, y determinemos dónde está.

En realidad, la operación es muy sencilla: sólo tenemos que definir un triángulo rectángulo en el que el cateto mayor es el radio terrestre  (distancia del agua al centro de la tierra, el radio de la tierra), la hipotenusa la distancia entre el centro de la tierra y el punto de vista del observador (el náufrago que doma al tigre y está pendiente de que aparezca un barco que le rescate, es decir, el radio de la tierra más la altura del observador), y el cateto menor la distancia al horizonte (d).

Y aplicando el teorema de Pitágoras (el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos), obtendremos el valor de la distancia al horizonte.

Ninguno recordaremos el radio de la tierra (ni el mínimo, ni el máximo, ni el medio, por aquello de que la tierra tiene forma de esfera achatada por los polos). Sin embargo, en lo más recóndito de nuestra memoria académica encontraremos algo que relacionaba el metro y las dimensiones terrestres… Sí, por definición, un metro es la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre. Es decir, que el meridiano terrestre mide cuarenta millones de metros, por lo que es fácil calcular que el radio terrestre es 6.366.197 metros (suponiendo la vaca esférica y homogénea).

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Y como el manual de supervivencia establecía la altura del punto de vista en 1,5 m…, podemos afirmar que el horizonte se encuentra a 4370 metros del observador.

Si Rodrigo de Triana gozaba de buena vista, la noche era despejada (y supondremos de luna llena), y estaba atento a su labor,  cuando gritó “¡Tierra a la vista!” estarían aproximadamente a 15 km de la misma, que era la distancia al horizonte desde los aproximadamente veinte metros de altura del palo mayor de la Pinta.

 

* Piscine Molitor Patel es Pi, el protagonista de La Vida de Pi, novela de Yann Martel llevada al cine por Ang Lee.

 

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Barceloneta revisitada

Si a un estudiante de arquitectura (y a los ya titulados siempre les queda algo de estudiantes) le pedimos que cite cuatro obras de Coderch, probablemente dos de ellas sean la Casa Ugalde , y las viviendas en la Barceloneta.

Del edificio de viviendas en la Barceloneta, obra de José Antonio Coderch y Manuel Valls, todos recordamos las bandas verticales de color naranja, y las lamas:  las lamas horizontales, frecuentemente empleadas por Coderch, y que esta ocasión adquieren un ancho mayor de lo habitual adaptándose a la escala del edificio.

En realidad, existe la posibilidad de que alguien recuerde las lamas, recuerde las bandas verticales, pero no ese color naranja. Y si esto es posible es porque en nuestra memoria hemos visto en muchísimas ocasiones esas viviendas desde la mirada del fotógrafo Francesc Catalá Roca, y por tanto en blanco y negro.

El aspecto exterior del edificio manifiesta una indudable modernidad y abstracción: el contraste entre las bandas cerámicas y las zonas protegidas con lamas (toda la relación de la vivienda con el exterior se realiza a través de estas lamas, orientables pero no practicables); toda la fachada de las viviendas configurada como un único plano que se quiebra y se pliega en las fachadas laterales; la planta baja constituida como zócalo (de nuevo el contraste entre planos, entre llenos y vacío) sobre el que vuela el volumen de viviendas, casi sin tocarse (sólo una arista de continuidad en cada una de las fachadas laterales, además de la medianera). Y finalmente el alero, que se separa de la cubierta dejándonos ver el cielo desde la calle, y constituyéndose a su vez en coronación del peto de la azotea.

Ver por primera vez la planta de estas viviendas supone un ligero desconcierto: un aspecto laberíntico que en una primera y rápida impresión puede parecer gratuito, casi frívolo; puedes llegar a pensar… ¿funcionarán? Pues sí, las viviendas funcionan; según los autores, la ruptura de la ortogonalidad que caracteriza a esta planta se debe únicamente a la necesidad de encajar dos viviendas de tres dormitorios por planta. ¿No había otro modo? Lo hubiera o no, lo que sí se hace evidente, una vez analizada detenidamente la planta, y comprobado que las viviendas funcionan muy bien, es que estos giros generan una riqueza espacial y visual en el interior de la vivienda que difícilmente se alcanzaría sin ellos; las relaciones establecidas entre los dormitorios, las galerías y el exterior, o el vestíbulo, el salón y el exterior…

Volver a ver, de tarde en tarde, estas plantas, estas imágenes, nos recuerda el valor de la buena arquitectura, de la que sin duda Coderch y Valls fueron grandes autores.

La Casa Catasús y la Casa Rozes serían probablemente las otras dos obras que me vendrían inmediatamente a la mente.

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