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Diez años después

3 octubre, 2017
Diez años han durado las obras del metro de Granada. Diez años, toda una vida, en los que hemos visto transformarse esta ciudad (y no solo esta ciudad, recordemos el carácter metropolitano de esta infraestructura): calles, parques y rotondas por las que discurre el metro han mutado significativamente en este tiempo, y el cambio ha sido de tal modo que quizás nos cuesta recordar cómo eran esos parques antes del metro.
Probablemente lo más duro del proceso haya sido el tramo que ahora menos lo refleja: los casi tres kilómetros de trazado subterráneo por Camino de Ronda; la obra más compleja, más dura, y que supuso en su día el cierre de múltiples comercios que no soportaron las restricciones de tráfico y lo desapacible que fue esa calle durante el tiempo que duró la obra. De la presencia del metro en este tramo ahora “sólo” quedan las salidas de las estaciones subterráneas y un lavado general de cara (aceras, pavimentos, mobiliario…).

Poco a poco la ciudad tendrá que adaptarse a convivir con estos nuevos vehículos: quizás los conductores lo pasemos peor, sobre todo en las rotondas, pues es difícil adaptarse a detenerse en ellas (a veces uno se pregunta si es posible que alguna llegue a colapsar completamente impidiendo el tránsito del metro).  Será necesario ajustar los semáforos al paso del metro, sobre todo en estos aspectos (¿de verdad es necesario que los semáforos de salida de las rotondas se pongan tanto tiempo en rojo en lugar de ámbar?).
L
a ciudad y su área metropolitana han recibido este nuevo medio de transporte con cierto optimismo: que las primeras horas de funcionamiento los vagones fuesen repletos parece algo que conlleva el estreno. Diez días después vemos los vagones repletos a las ocho de la mañana, y a las tres de la tarde; no parece un uso caprichoso, “de novedad”. Veinticinco mil viajeros diarios según la prensa local.  Ahora se quieren subir al tren incluso nuevos municipios (Las Gabias y Atarfe, de momento). 
Temíamos algunos que llegara a reproducirse la situación en la que se encuentra el tranvía de Jaén, abandonado a su suerte; que funcionara unos días en pruebas (tras los eternos meses de verano en que lo hemos visto pasar sin poder usarlo) y acabaran los vagones aparcados en un cajón… 
Pero no: de momento, toquemos madera, parece que la espera ha merecido la pena: los trayectos son rápidos y cómodos (vale, no nos podemos sentar todos siempre, me dicen por línea interna); si ya se ha notado en el tráfico privado tendrán que ser otros quienes lo digan (aunque quienes lo sufren en ciertos tramos ya me han confirmado que se percibe alguna mejoría). “Y por fin Granada es una ciudad moderna” (comentario oído en un trayecto en metro).
Es imprescindible que a muy corto plazo exista una coordinación total entre el metro y el autobús urbano. Bastante es ya el desconcierto que supone lo de “en los autobuses rojos se pica dentro; en los LAC, fuera” como para además tener que manejar distintas tarjetas de transporte sin transbordo (transbordo no es que cuando pagues en el metro vuelvas a pagar en el autobús) y sin bonos con ventajas por edad (ya costó esfuerzo que el bono joven se extendiera hasta los 6 años; antes de esto pagaban como un adulto).
Ya se han producido algunas incidencias que al parecer se han resuelto rápidamente, pero me intriga cómo se quita de la vía un tren que se haya averiado para dejar pasar a otro… Y también nos han hablado de molestias generadas por el ruido (las campanas, la rodadura) algunos vecinos que abren a las vías. En fin, no todo son flores.
Además, cómo no, por fin podemos disfrutar de la preciosa Estación de Alcázar Genil, proyectada por Antonio Jiménez Torrecillas.

Fernando Jiménez Parras, usuario y arquitecto, octubre 2017

 

 

 


Vegaviana A que no sabes dónde he vuelto hoy
Vegaviana
A que no sabes dónde he vuelto hoy

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