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Gómez del Collado, arquitecto

Hace unos días nos llegó un paquete postal; un regalo de un amigo. Y no por anunciados los regalos hacen menos ilusión. En un precioso formado de medio A4 vertical, el Catálogo de la Exposición conmemorativa del primer centenario del nacimiento de José Gómez del Collado (1910-2010). El catálogo realiza un rápido recorrido por la obra de este arquitecto de la localidad asturiana de Cangas del Narcea; por la obra construida y por los proyectos no realizados.

Si Joaquín Vaquero Palacios e Ignacio Álvarez Castelao ya eran referencias conocidas, desde la primera vez que José Ramón Puerto Álvarez (comisario de la exposición y responsable del catálogo) nos mostró alguna obra de su paisano fuimos conscientes de la calidad del trabajo de Gómez del Collado.

El paso del tiempo y el gran trabajo de investigación, difusión y puesta en valor que está realizando José Ramón en estos años nos permite apreciar con perspectiva la amplitud de la obra de este arquitecto: numerosos bloques de vivienda (calle Alcalde Díaz Penedela, Barrio Nuevo, calle Pelayo), grandes intervenciones (Barrio del Fuejo, incluido un maravilloso puente colgante), pequeños locales comerciales, o su propia vivienda – estudio son solo algunos ejemplos de la variedad de recursos y lenguajes empleados por Gómez del Collado en su amplísima obra, que de momento ha merecido la inclusión de diecisiete (¡diecisiete!) de ellas en los Registros Docomomo, lo que da una idea de la calidad de la misma y de la necesidad imperiosa de proteger debidamente este patrimonio.

Llegamos, eso sí, siete años tarde para poder visitar la exposición, pero estamos seguros de que tarde o temprano podremos disfrutar de una publicación (y por qué no, otra exposición), que nos permita sumergirnos de pleno en la obra de este gran arquitecto tan desconocido.

Muchas gracias a José Ramón por mostrarnos la arquitectura de Gómez del Collado y por facilitarnos el material para conocerla.

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Visita al Club Náutico

El pasado 15 de junio la Asociación Española para la Protección del Patrimonio Arquitectónico del Siglo 20 (AEPPAS20) organizó una visita al Club Náutico de San Sebastián, con la compañía de José Ángel Medina, arquitecto responsable de la última restauración.

El posterior coloquio contó con la presencia de Miren Azkarate (Concejala de Capitalidad de la Cultura 2016, Cultura, Euskera y Educación), Martín Gabarain (Vocal RCNSS), Ignacio Latierro (Librería Lagun), Agustín Zulueta (profesional de la vela) y Fernando Espinosa de los Monteros (de Aeppas20), además del propio José Ángel Medina.

Una estupenda iniciativa de esta asociación que tiene como finalidad promover la protección, conservación, recuperación y divulgación del patrimonio arquitectónico y cultural del Siglo 20, entendiendo por tal los monumentos, conjuntos, sitios, arquitecturas singulares y paisajes urbanos o culturales, todos ellos del Siglo XX, que por sus características particulares, las de su entorno, su significado cultural o social, revistan un interés especial digno de protección, conservación y promoción.

Recorte Diario Vasco
Reseña publicada en el Diario Vasco 16/6/2016

 

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La voz del arquitecto

La emisora COPE Jaén emite, en colaboración con el Colegio Oficial de Arquitectos de Jaén, un espacio quincenal titulado “La voz del arquitecto”, los miércoles entre las 12.30 y las 13.00. En este espacio se han tratado algunos temas tan interesantes como La peatonalización del casco, La catedral de Jaén, El Jaén monumental, Jaén, marca de ciudad, y el nuevo Plan General de la ciudad.

El miércoles 20 de abril participé en este espacio hablando de la Estación de Autobuses de Jaén. Podéis escuchar el programa en este enlace, a partir del minuto 12.

Y además aquí podéis ver los paneles que preparé para la exposición “mmJ: una mirada hacia la arquitectura del movimiento moderno en la provincia de Jaén”, comisariada en el año 2013 para el Colegio Oficial de Arquitectos de Jaén, y que ha rotado por Jaén, Andújar y Miraelrío en estos años.

Fernando Jiménez Parras, arquitecto, abril 2016

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Viviendas en la Font Dolça, Alcoy

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José Joaquín Aracil proyectó en 1961 este conjunto de viviendas en las afueras de Alcoy (Alicante)  en el barrio de la “Font Dolça”. A partir de un reducido presupuesto, la ordenación se realiza con cajas de escalera abiertas a fachada mediante una gran cristalera. Los núcleos de comunicaciones verticales dan acceso a dos viviendas por planta.

La fachada se formaliza mediante unas bandas cromáticas de ladrillo blanquecino colocado a tizón alternado con un aplacado con rasilla rojiza en vertical que se remata mediante una visera de hormigón en voladizo.

Esta obra es el antecedente a la que construiría unos años más tarde, entre 1963 y 1965, para la Cooperativa de viviendas Pio XII, conocida como “El Taray” en Segovia junto a los arquitectos Luis Miguel Suárez-Inclán y Antonio Viloria como paradigma de la agrupación en corredor.

Miguel Centellas Soler

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La morsa era yo, episodio 24

Juan Ortiz Delgado es un arquitecto inquieto. Entre sus muchas inquietudes, está la de difundir la arquitectura.  Pero como a todo arquitecto inquieto, no sólo le gusta la arquitectura.

También le gusta la radio. E internet. Atad cabos: tiene un podcast.

El maravilloso podcast de Juan Ortiz Delgado se titula “La morsa era yo Arquitectura” (¿alguna idea sobre el origen de este título?). En cada uno de sus ya veinticuatro episodios (¡más de dos años con ello ya!) conversan, él y sus colaboradores habituales, o los ocasionales, sobre algún tema de interés relacionado, directa o indirectamente, con la arquitectura. Un podcast en torno a la arquitectura.

Y para el episodio 24, publicado el 23 de enero, contaron con cortaypega. Para hablar ¡de literatura y arquitectura! ¿Cómo rechazar semejante invitación? Durante un buen rato estuvimos charlando sobre libros, arquitectura (la arquitectura en los libros, los libros en la arquitectura), y  generando una lista de recomendaciones literarias estupendas. Hubo tiempo incluso para contar, sin censura, uno de esos cuentos infantiles que, evidentemente, siempre nos han contado incompleto.

No os perdáis ninguno de los magníficos episodios de La morsa era yo Arquitectura. Y en este episodio hay una sorpresa adicional.

 

 

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la nueva vieja escuela

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Cuando te comunican que al final os mudáis —y esta vez de verdad de la buena- al Hospital Militar del Campo del Príncipe, te ilusionas y a la vez sientes una cierta resiliencia por trasladarte a ese recóndito lugar en pleno Realejo, a poco más de unos tres kilómetros de tu rudimentaria escuela de toda la vida. Sensación que desaparece cuando al llegar descubres tantos espacios inmaculados, patios agradables, arcos de medio punto, tirantes ejerciendo su capacidad estructural y la terracita de cafetería.

Hace un tiempo un compañero de plan antiguo hizo un comentario que me hizo pensar: «claro, es que mi escuela era la de la Chana». Después de esa afirmación es complicado no preguntarse qué tenía de especial aquel lugar que no tiene este. ¿Acaso echamos de menos la otra escuela? ¿Nos gustaba más? Está claro que los años que hayas pasado en un lado o en otro son determinantes para decantarse, sin embargo me gustaría aportar el punto de vista de aquellos que estamos a caballo entre una y otra.

En su día estábamos deseando escapar de paredes desconchadas, pilares delante de la pizarra, mesas acuchilladas y banquetas sacadas del infierno, todas ellas mobiliario de un instituto viejo que se nos quedaba pequeño. Ahora tenemos unas mesas estupendas, espacios diáfanos, paramentos de vidrio y blancas paredes. A cambio nos han quitado los enchufes, el horario nocturno en época de exámenes y nos han dejado solo un taller de trabajo. Todo por mantener una escuela impoluta y bonita, nueva y que se mira pero no se toca.

Sobra decir que es necesario cuidarla y que ha sucedido algún que otro inconveniente que no da para nada una buena imagen (mesas pasadas por cúter, graffitis a los pocos días de la apertura) que su trabajo y dinero ha costado. Pero después de años de obras nos dan una escuela con las condiciones a medio cumplir: taquillas de adorno en el pasillo, goteras en la biblioteca, puertas automáticas que no se abren automáticamente, sin vigilantes ni guardias de seguridad, ni calefacción en el invierno granaíno salvo en el cuarto de baño, porque tener el inodoro calentito es absolutamente necesario.

¿No queríais escuela? Tomad escuela

A veces parece que los estudiantes somos los últimos monos en un lugar supuestamente diseñado para nosotros. O eso o que llevan años olvidándose de aquellos que pasan desapercibidos tras el instituto Virgen de las Nieves o de estos que ahora quedan «por allí por el Realejo». Nadie viene a cubrir las guardias nocturnas -porque los estudiantes de arquitectura nunca trabajamos de noche- de once talleres, solo tenemos abierto uno para juntarnos después de clase —porque está claro que tampoco tenemos ninguna asignatura en la que se trabaje en grupo-. Sarcasmos aparte, estamos hablando de necesidades básicas, igual que alguien de ciencias necesita un laboratorio o alguien de INEF necesita un gimnasio.

La idea de mudarte consiste en mejorar lo que ya tenías, no en cambiar unas ventajas por otras. Es gracioso asomarse a la T3 por la cristalera y ver cómo los portátiles se enganchan a las regletas igual que los estudiantes nos hacinamos en torno a las mesas. Y no es la primera queja sobre el tema.

En resumidas cuentas, tenemos un edificio estupendo que sería aun mejor si pudiéramos hacerlo nuestro. He visto a gente merendar, jugar al frisbee, hacer conciertos y beber cerveza en el patio y todo sigue en pie. ¿De verdad pasaría algo si pudiéramos usarla, tal y como su nombre indica, como una escuela?

Laura García Rodríguez, diciembre 2015

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Acudí un par de veces al antiguo Hospital Militar invitado para alguna charla introductoria a una clase de Proyectos. Y, en mi condición de responsable cultural del Colegio de Arquitectos desde 1994, se inició una fluida colaboración donde la Escuela de Arquitectura nacida el año anterior hacía tímidas aportaciones a la frenética actividad que promovía el Colegio.  Mi interlocutor era el entonces subdirector, Juan Calatrava, con quien apenas bastaron un par de conversaciones para llegar a acuerdos estables y desinteresados. El progresivo aumento del número de estudiantes provocó que el Salón de los Jueves se fuese nutriendo de un caudal cada vez mayor de alumnos de la Escuela; raramente los arquitectos no docentes acudían al Hospital Militar a escuchar conferencias.

Porque entonces era, a todos los efectos, el antiguo Hospital Militar, aunque siempre me pareció más militar que hospital. Una nave alargada bajo cubierta improvisaba aulas en barracones, la disciplina castrense quedó sepultada bajo ideas construidas, la jerarquía militar se transformó en arquitectos localmente reconocidos con una recién adquirida vocación docente.

La convocatoria en 1997 del Concurso de ideas para adaptación del edificio a Escuela de Arquitectura tuvo un fuerte impacto entre la profesión, convirtiéndose en reto añadido para los nuevos profesores. Muchos alumnos colaboraron en sus estudios, fomentando el interés por conocer las propuestas y alimentando una ilusión colectiva por entender la posibilidad, ratificada tras la selección efectuada para la segunda fase, de que era posible que alguien de los nuestros construyese la nueva Escuela en el corazón de la ciudad. En junio de 1998 se falla el concurso donde resulta vencedor Víctor López Cotelo. Tras la entrega del proyecto en 2003, las obras se inician en 2005. La Escuela abandona el Campo del Príncipe en 2002, instalándose provisionalmente en un instituto en la Autopista de Badajoz junto a las vías del tren.

Desde el Colegio la actividad cultural mantenía un intenso ritmo, pero la consolidación de la Escuela en la ciudad desplazó a los arquitectos de su propia institución, convirtiéndose en lugar de acogida de los alumnos previo al desembarco profesional. El pulso vital ya estaba en el caudal imparable de la Escuela, que seguía exiliada en la sede provisional, recluida en la periferia, pero que contempló cómo el colectivo de arquitectos quedaba pacíficamente desbordado.

Las obras se paralizan y la prometida reanudación se estanca entre liquidaciones, trámites administrativos y crisis económica.  En 2006 entro en la Escuela de Arquitectura como profesor del Área de Composición Arquitectónica y en 2007 abandono el Colegio de Arquitectos.  Durante nueve años de docencia, las promesas incumplidas de traslado se camuflan tras entregas, cambios de plan de estudios y el progresivo deterioro físico y afectivo hacia la sede provisional.

En 2015 vuelvo al Campo del Príncipe a la nueva Escuela y me siento protagonista de una conquista histórica; estreno sede en un Congreso organizado por mi Área de Composición y soy invitado a un emotivo acto de graduación. Ahora ya nadie habla de Hospital Militar; ya tenemos Escuela propia. La crisis ha tirado por la borda la frenética actividad cultural del Colegio de Arquitectos y la Arquitectura se la apropian los alumnos, no los arquitectos. Y Juan Calatrava es ahora mi Catedrático de Composición Arquitectónica.

Hoy, profesores y alumnos nos sabemos privilegiados por hacer nuestro un lugar de la ciudad histórica, descubriendo cada día que accedemos a la Escuela a través de sus calles empinadas que es allí donde realmente anida la vida. Con un entorno urbano abrumador,  la enseñanza de la arquitectura se enfrenta ahora a una cultura, tiene la bibliografía básica en sus propias puertas, en ese lugar mágico donde confluyen espacio y tiempo. La ciudad enseña a enseñar.

Nos queda la responsabilidad de que las ideas no queden encerradas en las aulas, de que el Realejo se conozca mejor a sí mismo; debemos tener la obligación de hacer partícipes a la sociedad de nuestras líneas de investigación. Ya apenas recuerdo nada de la vieja sede, ni del silbido del tren interrumpiendo el relato del Panteón; antes al contrario, cuando circulo por allí sin detenerme detecto una balsámica desafección. Han bastado unas pocas semanas para tener la certeza de que aquí se aprende mejor y aquí se enseña mejor. El reto es ahora demostrar la capacidad de influencia de la nueva Escuela sobre el entorno que nos acoge para tener como objetivo final convertir la cultura arquitectónica en un bien de uso cotidiano.

Ricardo Hernández Soriano, diciembre 2015

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La finalidad de este texto es hablar sobre arquitectura. No es mi intención escribir nada técnico (básicamente porque mis conocimientos aún son escasos), ni pecar de pedantería. Ni mucho menos. Sin embargo, por suerte o por desgracia, hablar sobre arquitectura abarca mucho más que el campo técnico. Es hablar de espacios, de sensaciones, de sentimientos, de recuerdos, de imaginación, de los sentidos. Es hablar de arte.

¿Pero por dónde empezar?

Me presento. Gracias a la incansable perseverancia de un padre arquitecto, pasé los primeros dieciocho años de mi vida enamorándome poco a poco (y sin ser consciente de ello) de esta disciplina. Todos esos años interiorizando conocimientos, sirvieron para que decidiese estudiar arquitectura. Lo que empezó como una ilusión, se materializó en mi admisión en la escuela técnica superior de arquitectura de Madrid.

Pues bien, decidí pasar mi quinto año fuera de la escuela madrileña y Granada fue la opción ganadora. Su emplazamiento, la gente y saber que estrenaban nueva sede de escuela de arquitectura fueron los principales motivos de mi desplazamiento temporal a esta ciudad.

He de recalcar que no fue como yo esperaba. Fue mejor. Todos nos encontrábamos en la misma situación. Recién llegados. Alumnos (de todos los cursos) y profesores. Nadie sabía a ciencia cierta dónde estaba nada y, los primeros días, la puntualidad era algo que no se tenía en cuenta. ¿Cómo elegir entre las mil y una escaleras que parecía tener la escuela? ¿Cómo saber qué escalera te llevaría a la planta o entreplanta en la que necesitabas estar?

Llegar

En el barrio del Realejo se sitúa la gran Plaza del Campo del Príncipe. Hoy esta plaza da acceso a lo que es la actual escuela de arquitectura de Granada, edificio que en su día fue el emplazamiento del Hospital Militar.

Tras cruzar la plaza, te encuentras con el edificio, que se alza como un gran telón de fondo. La fachada, de un blanco impoluto, el gran portón de madera, la cubierta de tejas y, en contraste, las ventanas dejan entrever sutilmente la contemporaneidad del interior.

La escuela no se alza como un hito en la ciudad. Se inserta en la trama urbana. Tiene cualidad de barrio. Se integra en él. Se hace accesible a todos. La prioridad es el espacio público, los flujos humanos que genera su uso, el carácter social. La arquitectura tiene que ser de todos y para todos. Arquitectura no es sólo el edificio, es cómo llegar, cómo recorrerlo. Todo forma parte de un único espacio público.

Sentir

El pavimento nos dirige hacia el interior y, nada más cruzar la entrada, la mirada se dirige de forma automática hacia el artesonado de madera del forjado superior. El diálogo entre la madera y el granito es el diálogo entre la construcción antigua, lo existente y lo contemporáneo, la reinterpretación.

Siguiendo el recorrido que nos marcan las losas de granito y, de repente, cuando creías pasar a un interior, vuelves a estar en un umbral. A ambos lados se sitúan patios con distintas características y una común. La luz.

Es algo que me llamó mucho la atención. La luz. La incesante entrada de luz  en todo el edificio. Desdibuja los límites interior-exterior creando un espacio intermedio. Un espacio umbral que se hace continuo sin perder la característica de transición.

En palabras de Campo Baeza, “La arquitectura es luz. Luz al atravesar un espacio”. Pues bien, eso es toda la escuela de arquitectura. Luz.

Evidentemente, dependiendo de la zona y del tipo de arquitectura, la luz aparecerá de determinada forma. En la escuela de Madrid, por ejemplo, la luz está siempre presente pero no de la misma forma. La luz pasa a través del edificio, pero no forma parte de él. Es arquitectura construida en torno a la luz, no con ella. Es siempre un interior, los límites quedan muy bien dispuestos. Todo lo contrario que en Granada.

Los distintos espacios se suceden tanto en horizontal como en vertical. Siempre son amplios y nunca terminamos de saber o de poder definir si es un interior o un exterior. La mirada se vuelve global, más general, libre en un entorno no jerarquizado. Todo queda entrelazado de una forma muy sutil resaltando los contrastes; los elementos históricos conservados conviven en completa armonía con los nuevos materiales. Se superponen los diferentes lenguajes y esta nueva intervención se percibe como una capa más de historia.

Reinterpretar

Tras unos primeros días conociendo y recorriendo las diferentes zonas de la escuela, ahora toca adaptarse. Hacerse a los espacios y a su funcionamiento. Son los usuarios los que dan sentido a la arquitectura. Las obras se completan con el uso y el desgaste, con el paso del tiempo. Con la vida.

Como la gran mayoría de los estudiantes de arquitectura, la escuela ya se ha convertido en mi segunda casa. Un lugar en el que pasamos tantas horas trabajando, se supone que debería estar preparado para suplir todas las necesidades de los estudiantes. Más siendo una escuela de arquitectura.

Sin embargo, “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Errores de organización; los espacios de trabajo son insuficientes y los enchufes son un bien escaso (incomprensible cuando el método de trabajo a todos los niveles requiere ordenadores).  O de proyecto; los rellanos a mitad de los huecos de ventanas o la cantidad de puertas que hay que cruzar para llegar a los aseos de  la cafetería.

Lejos de pretender ser un artículo de crítica, como sabemos, la mayoría de los fallos que se descubren con el uso de las instalaciones, son resueltos por los usuarios. La historia está llena de ejemplos que ilustran la capacidad de inventiva humana. Pero vaya, quizá se eche de menos que en una obra que ha durado tantos años, no estén resueltos esos inconvenientes.

Aun con todo, conocer otra escuela de arquitectura es siempre una experiencia enriquecedora. Tan diferente y, a la vez, tan parecida a la escuela madrileña. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero pueden llegar a ser muy beneficiosas y, la contemporaneidad de la escuela granadina gana por goleada a su homóloga en la capital.

Creo fehacientemente que la escuela está concebida como un lugar de intercambio; tanto académico como personal. Los flujos de tránsito son continuos, ininterrumpidos y los espacios no jerarquizados. No tiene cualidad de edificio cerrado, y volcado hacia sí mismo. Es, como ya he dicho, un umbral. Un lugar de todos. De los estudiantes, de los profesores y el resto de trabajadores, pero también de los vecinos, de los turistas, del barrio y de la ciudad.

Inés Nieto, diciembre 2015

El otro día volví a la nueva Escuela de Arquitectura; tan estupenda con su placa y sus banderas recibiéndonos en el Campo del Príncipe; un edificio que aún tiene ese olor a nuevo, a regalo sin terminar de desenvolver.

Da un poco de vértigo pensar en los ventidós años que han tenido que pasar desde que los primeros estudiantes de arquitectura de Granada entraron, de prestado, en la Facultad de Trabajo Social, hasta que los actuales han podido ocupar, por fin, su escuela. Entre inauguración e Inauguración Arquitectura ha pasado por Cartuja, Aparejadores, el Hospital Militar e Informática.

De uno u otro modo he vivido todas las Escuelas de Arquitectura de Granada, salvo la actual, a la que he ido, voy, de visita. Y sin embargo, esa mirada de visitante que tengo ahora sobre el proyecto de Víctor López Cotelo no es una mirada nueva; mi punto de vista está contaminado por esos ventidós años.

Si la estancia final en Informática se entendía como un exilio temporal, las iniciales en Cartuja y Aparejadores estaban cargadas del sabor de lo prestado; estábamos allí encajados como podíamos, en unas instalaciones que a duras penas podían responder a las necesidades espaciales de una escuela de arquitectura creciente (dos cursos, tres cursos…). O en las que nos veíamos forzados a convivir temporalmente con otras disciplinas, invadiendo sus rutinas.

La primera llegada al Hospital Militar tuvo sin duda un sabor agridulce: llegábamos a un lugar inhóspito, frío, mal acondicionado, a todas luces insuficiente; pero al fin y al cabo era la tierra prometida, era un lugar cargado de posibilidades, y de algún modo íbamos a participar de la concreción de esas posibilidades. El enorme patio de gravilla era una bonita metáfora de esa promesa de futuro, mientras que el patio viejo representaba el misterio, la incertidumbre; cuántas puertas cerradas, cuántos lugares ocultos. Pero sobre todo pesaba, para bien, el emplazamiento; el Campo del Príncipe, tan cerca de todo (aunque tan lejos del resto de la universidad); la Escuela de Arquitectura como generador de vida en el tejido urbano, ¿no se trataba de eso?

Ahora que por fin Arquitectura tiene su Escuela en Granada paseé por el edificio como quien visita a unos amigos que se acaban de mudar; hay mucho espacio que ocupar, muchos lugares de los que el uso ha de apropiarse. Las puertas ya no están cerradas (aunque por momentos uno se sienta Nicole Kidman, “abre la puerta, cierra la puerta”), los lugares ya no están ocultos, aunque haya que encontrarlos. El patio ya no es de gravilla, pero sigue cargado de promesas, de posibilidades, de vida que vivir allí.


Si queréis conocer más sobre el edificio, la revista Márgenes Arquitectura le dedicó su número 8. Además, este proyecto ha obtenido el Premio de Arquitectura Española 2015.

Y muchas gracias a Inés y Laura por su tiempo, sus miradas y sus palabras.

Fernando Jiménez Parras,diciembre 2015

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Los pueblos de colonización, patrimonio rural del siglo XX

Con motivo de la lectura de su discurso de ingreso en la Real Academia de Nobles Artes de Antequera,  Miguel Centellas Soler participó en el programa divulgativo de Radio Televisión Antequera, acompañado por Sebastián del Pino Cabello. Nuestro compañeros conversaron sobre Los pueblos de colonización en España, tema del citado discurso.

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5 claves que hacen del Club Náutico una obra maestra de la arquitectura

 

1. La racionalidad en la implantación.
Su ubicación en dirección norte-sur sobre los muros del antiguo acuario provoca una íntima relación con el Paseo y una fuerte vinculación al mar.

2. El símil náutico como homenaje a la era de la máquina.
El edificio expresa a través de la proa curva del restaurante, de las barandillas, de los ojos de buey y de su simbólico mástil la condición de buque varado en el antiguo embarcadero.

3. La exactitud funcional.
Cada pieza del Club Náutico asume su función, encontrando adecuado reflejo en la volumetría exterior.

4. La transparencia.
Los espacios interiores se suceden como secuencias continuas e incorporan terrazas, porches y vistas al entorno como una prolongación natural del espacio interior.

5. El reflejo de una época.
El empleo de delgadas carpinterías de acero oscuro enrasadas al exterior sobre tersas fachadas blancas y la utilización de cubiertas planas expresan la importancia de la memoria constructiva en la definición del espíritu de una época y lo convierten en un auténtico icono de la modernidad.

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GureGipuzkoa.net |Club Náutico de San Sebastián © CC-BY-SA: Ricardo Martín (arriba)

GureGipuzkoa.net |Edificio del Club Náutico  © CC-BY-SA: Pascual Marín (abajo)

Para reproducir el Club Náutico en casa puede adquirir nuestro recortable 

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piscinas en verano

A veces los arquitectos pensamos si realmente es justo arrastrar a nuestras familias por las ciudades que visitamos en vacaciones para acercarnos, aunque sea de pasada, a tal o cual obra maestra de arquitectura; un mercado reconvertido, otro museo,  una estación de tren… Y si tienes suerte (la tengo) tu familia acompaña tus pasos casi sin rechistar (ritmo y velocidad adaptados), y te deja ratitos libres para colarte en una central hidroeléctrica o en una escuela de arquitectura.

Así que cuando sonó Oporto como posible destino de viaje familiar, en nuestra mente se grabó a fuego un lugar. Porque para ir a visitar esto no haría falta escaparse furtivamente, sería una visita que formaría parte fundamental del viaje: qué puedes hacer mejor en verano que ir la piscina.

“Pero… ¿vamos a la playa o a la piscina?”. Para los que estamos más o menos acostumbrados al Mediterráneo… ¿qué sentido tienen unas piscinas pegadas al mar? Ay, el Atlántico.

En 1961 Álvaro Siza proyectó en Leça de Palmeira, Matosinhos, junto a Oporto, unas piscinas al borde del Atlántico, las piscinas de las mareas. Un lugar para poder disfrutar del océano incluso cuando éste no está por la labor; un lugar entre el océano y el continente.

La arquitectura es así: puede que hayas leído mucho sobre un proyecto, puede que hayas visto mil fotos, explorado mil planos… pero hay que estar allí. Y cuando te bajas del coche (solo una pancarta te hace advertir que has llegado), y ves el mar sobre la cubierta (los vestuarios agazapados), empiezas a vislumbrar realmente dónde has ido.  Empiezas a entender que realmente en el tránsito entre la calle y el agua estás dejando atrás algo más que la ropa; la penumbra de los vestuarios, la cercanía de los materiales (el hormigón, la madera), lo comprimido de la escala, la altura de los muros, los distintos espacios solapados que hacen de límite difuso (de umbral, esto y mucho más lo cuenta estupendamente Pedro Torrijos en JotDown). Todo eso no hace nada más (y nada menos) que preparar tus sentidos para el momento en que dejas atrás el último plano que te impedía la vista hacia el Atlántico.

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Las rocas (que ya estaban allí), el agua (fría, fría, ¡esto es el Atlántico), la arena, el hormigón (¿seguro que no estaba ya allí?), el sol, el viento, conforman este escenario. Encuentras un hueco para la toalla sobre la arena, entre las rocas, y sabes que agazaparse es la mejor manera de protegerse del viento. Que aunque el Atlántico esté revoltoso (que seguro que puede ponerse violento), aquí tienes un reducto de tranquilidad. Que la piscina infantil, a la que se baja de esa manera tan bonita, está ya protegida contra ese viento. Las niñas suben, bajan, escalan, chapotean en la playa previa a las piscinas… Cuentan, incluso, que hay quien se tira de bomba (¡y no llega al fondo, con esos más de tres metros de profundidad!).

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Haces fotos, cómo no hacerlas, pero inmediatamente sabes que esas fotos no serán capaces de contar lo que es ese lugar (y cualquier foto que tú hagas ya está hecha, y mejor). Descubres a muchos arquitectos, algunos que sólo hacen la visita sin derecho a baño (¡insensatos!), pero sabes que realmente quienes disfrutan del lugar, de esta arquitectura, son los bañistas.

Acaba el día, el horario de piscina, y tomas un helado allí mismo, protegido del viento, haciendo tiempo para ir a cenar a un restaurante cercano del que te han hablado maravillas.

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“Papá, ¿podemos volver mañana?” 

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un libro arquitectónico

Esta semana, con motivo de la celebración del Día del Libro, muchos centros escolares programan actividades culturales extraordinarias. El instituto donde yo estudié habilitaba, con la colaboración de una librería de la ciudad, un pequeño espacio para la venta de libros (con el correspondiente descuento) durante la jornada del 23 de abril (ya sabéis, la fecha en la que murieron Cervantes y Shakespeare aunque ninguno de ellos lo hiciera realmente aquel día). No sé si eso se seguirá haciendo, pero en los colegios y escuelas infantiles que nos quedan cerca siempre tienen algún plan: entre abuelos que van a las clases a leer cuentos y contar historias, actuaciones musicales y competiciones deportivas, propusimos a la escuela infantil pasar un mañana con los niños hablándoles sobre los libros, y sobre un libro muy especial. Un libro arquitectónico, titularon en la escuela, para nuestro rubor, nuestra actividad.

Algo más de cien niños y niñas, con edades comprendidas entre algunos meses y los seis años, abarrotaban el aula destinada a actividades especiales; los días especiales son días de convivencia, de talleres verticales, de participación. Les enseñamos libros grandes, de esos que están repletos de imágenes y fotografías, y libros pequeños, de los que caben en la palma de la mano; libros cargados de letras y libros con dibujos; libros de papel, y libros blanditos. Pero en realidad todos (casi; alguno dormitaba en su hamaca) estaban deseando saber qué había debajo de la tela rosa con la que cubrimos el gran libro que con su ayuda (sin ellos saberlo) habíamos hecho, e íbamos a disfrutar.

La idea era hacer un homenaje al precioso libro The Giant Game of Sculpture de Hervé Tullet, editado por Phaidon; para ello, previamente en las aulas habían pintado de colores los cartones (de 105 x 130 cm), y en un par de mañanas los habíamos preparado, realizando cortes y ensamblándolos; el libro de Tullet es tan bonito que queríamos compartirlo con los niños y niñas que vemos a diario, pero a gran escala.

Y funcionó, vaya si funcionó. Durante el resto de la mañana estuvieron jugando con las formas geométricas de colores, buscándoles un lugar en los cartones, enredándose entre ellos; alguna que otra niña estaba empeñada en devolver las formas a los huecos de los que procedían (reconstruir el puzzle); otros estaban especialmente interesados en los círculos, otros en las rectángulos… y otros en las bridas de plástico que hacían de bisagras. Se apropiaron del espacio que delimitaban los cartones, de sus orificios, de las relaciones entre ambos lados, delante y detrás, dentro y fuera. Jugaron, con el caos y el orden simultáneos del que solo son capaces quienes no saben qué significan caos y orden, y que solamente saben gestionar, y qué bien, quienes se dedican a su educación.

Pensándolo bien, sí que es un libro arquitectónico.

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