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lecturas recurrentes

14 Marzo, 2015

Cuando tenía aproximadamente diez u once años se editó una colección, no sé si semanal o quincenal, de las novelas de Emilio Salgari. Yo ya había leído “Los piratas de Malasia” y “El capitán Tormenta”, y durante algún tiempo en casa compramos dicha colección; no recuerdo, quizás diez o quince libros. La cuestión es que los libros llegaban al quiosco un día concreto (me suena miércoles), y esa misma tarde yo iba, lo compraba, y recorría el camino de vuelta a casa ya leyendo; no hace falta decir que esa misma noche lo terminaba, lo que me suponía un drama tremendo cuando la editorial había dividido la novela en varios volúmenes, y por tanto me quedaba con la intriga una semana (o quizás dos). Así que en mi memoria mi primer autor favorito es Emilio Salgari, con sus praos, corsarios, cimitarras, tugs, sanguijuelas… Sandokán, Yáñez, Mompracem…

Durante bastante tiempo me imponía la obligación de terminar los libros que empezaba. Si me estaba aburriendo… mala suerte; pero no concebía dejar un libro a medias; no recuerdo cuándo dije ‘basta’ (no recuerdo cuál fue el libro que no logré terminar, que me hartó, que me cansó de tal modo; y todos sabemos que para muchas cosas no es lo mismo un salto de calidad que un salto de cantidad: una vez has hecho algo por primera vez, no es difícil reincidir). Aún hoy día me sabe mal dejar un libro a medias, pero supongo que la consciencia de que jamás podré leer todos los libros que querría leer ni releer todos los libros que querría releer me hace pensar que dejar a medias uno que me está disgustando es un mal menor.

 

No sé cuándo leí Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina; sí recuerdo que con quince o dieciséis años copié la portada, a lápiz; supongo que más o menos en ese tiempo lo leería. Pero sí sé que desde entonces durante muchos años fui (he sido, soy), incondicional de sus libros: ‘Beltenebros’, ‘El invierno en Lisboa’, ‘El jinete polaco’, ‘Ardor guerrero’, ‘Nada del otro mundo’, ‘Plenilunio’… Algunos los disfruté más, otros menos,  pero para mí Muñoz Molina (mi segundo autor favorito, supongo, cronológicamente hablando) es garantía; no sé de qué, pero garantía. Recientemente me gustó mucho ‘La noche de los tiempos’, no tanto ‘El viento de la luna’. Así que tras varios intentos frustrados, hace poco leí ‘Ventanas de Manhattan’, y si lo terminé fue “por ser vos quien sois”; en fin, supongo que no lo leí en el momento adecuado, con el ánimo adecuado, qué sé yo; quizás yo quería leer una novela y es evidente que no lo es.

 

Y todo esto viene o no a cuento porque quería escribir un poquito sobre Javier Marías; anoche terminé su última novela, “Así empieza lo malo”. “Corazón tan blanco”, “Mañana en la batalla piensa en mi”, “Tu rostro mañana”, “Los enamoramientos”; no son libros que se relean en un rato, pero todos querría releerlos. Así que cogía “Así empieza lo malo” con cierto temor, cierto miedo a la decepción (nos pasa con lo que nos gusta mucho, supongo: queremos más, queremos el más difícil todavía, la infalibilidad, pero tememos el fallo; un personaje de “La casa de verano” de Alfredo Gómez-Cerdá casi se alegraba del asesinato de Lennon porque de ese modo la obra de The Beatles era una obra cerrada, acabada, no había más, no había riesgo de una reunión que produjese un esperadísimo y deseadísimo nuevo disco que pudiera resultar una pifia y por tanto un borrón en una carrera inmaculada).

No es “Así empieza lo malo” una novela fácil de leer; vaya, creo que Marías no es un autor fácil; requiere mucha atención, tomar aire y estar dispuesto a no respirar durante líneas y líneas, páginas quizás. No soy quién para realizar una análisis literario profundo del modo de escribir de Javier Marías, no le voy a descubrir a nadie sus digresiones, sus voces, su estilo.

Pero si en apenas una semana he leído esta novela de quinientas y pico páginas (sin estar de vacaciones, se entiende), será por algo.

Como no me va a leer, y no sé si lo que pienso se lo tomaría como un elogio, o como una crítica, o si (probablemente) me diría “no has entendido nada”, lo voy a escribir tal cual: Javier Marías lleva (casi) toda la vida escribiendo la misma novela; no es que todas sus novelas sean iguales (estilísticamente se reconocen, sin duda, pero no son iguales); no es que cuente siempre la misma historia (que no); es que para mi todas sus novelas (y sobre todo las que he citado, incluida esta última) y algunos de sus relatos (Cuando fui mortal), son una única novela. Creo que llegué a esta conclusión tras leer la trilogía “Tu rostro mañana”; tras leerla, recordé algo que Carlos Ferrater contó en alguna conferencia sobre las fotografías de arquitectura de Lluis Casals, y de cuánto éste había aprendido de los comics de Tintín, y que también tenía mucho que ver con el diseño de estampados para corbatas.

Javier Marías nos está mostrando una enorme fotografía del mundo (del mundo, del tiempo, de la vida) pero lo está haciendo por partes, con detalle, y dejándonos a veces ver relaciones entre esas distintas partes, y siempre, siempre, mostrando que en los bordes de la fotografía que nos deja ver cada vez hay algo más (y siempre querremos más, claro); una gran madeja de hilo del que tira por distintos extremos, con nudos, con bifurcaciones, con tensiones, con más extremos. Y además lo hace, creo, transmitiendo plena consciencia sobre la narración, sobre lo que supone la novela, sobre lo que supone contar, verbalizar, sobre el poder de la palabra (pensada, escrita, dicha, oída, leída, olvidada, recordada, reprimida…).

Como cuando leía a Salgari, ahora me toca esperar, quizás tres o cuatro años, para seguir recreándome en ese mundo.

fjp marzo 2015


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