cortaypega

incertidumbres

la nueva vieja escuela

de arquitectura en Granada

Cuando te comunican que al final os mudáis —y esta vez de verdad de la buena- al Hospital Militar del Campo del Príncipe, te ilusionas y a la vez sientes una cierta resiliencia por trasladarte a ese recóndito lugar en pleno Realejo, a poco más de unos tres kilómetros de tu rudimentaria escuela de toda la vida. Sensación que desaparece cuando al llegar descubres tantos espacios inmaculados, patios agradables, arcos de medio punto, tirantes ejerciendo su capacidad estructural y la terracita de cafetería. Hace un tiempo un compañero de plan antiguo hizo un comentario que me hizo pensar: «claro, es que mi escuela era la de la Chana». Después de esa afirmación es complicado no preguntarse qué tenía de especial aquel lugar que no tiene este. ¿Acaso echamos de menos la otra escuela? ¿Nos gustaba más? Está claro que los años que hayas pasado en un lado o en otro son determinantes para decantarse, sin embargo me gustaría aportar el punto de vista de aquellos que estamos a caballo entre una y otra. En su día estábamos deseando escapar de paredes desconchadas, pilares delante de la pizarra, mesas acuchilladas y banquetas sacadas del infierno, todas ellas mobiliario de un instituto viejo que se nos quedaba pequeño. Ahora tenemos unas mesas estupendas, espacios diáfanos, paramentos de vidrio y blancas paredes. A cambio nos han quitado los enchufes, el horario nocturno en época de exámenes y nos han dejado solo un taller de trabajo. Todo por mantener una escuela impoluta y bonita, nueva y que se mira pero no se toca. Sobra decir que es necesario cuidarla y que ha sucedido algún que otro inconveniente que no da para nada una buena imagen (mesas pasadas por cúter, graffitis a los pocos días de la apertura) que su trabajo y dinero ha costado. Pero después de años de obras nos dan una escuela con las condiciones a medio cumplir: taquillas de adorno en el pasillo, goteras en la biblioteca, puertas automáticas que no se abren automáticamente, sin vigilantes ni guardias de seguridad, ni calefacción en el invierno granaíno salvo en el cuarto de baño, porque tener el inodoro calentito es absolutamente necesario. ¿No queríais escuela? Tomad escuela A veces parece que los estudiantes somos los últimos monos en un lugar supuestamente diseñado para nosotros. O eso o que llevan años olvidándose de aquellos que pasan desapercibidos tras el instituto Virgen de las Nieves o de estos que ahora quedan «por allí por el Realejo». Nadie viene a cubrir las guardias nocturnas -porque los estudiantes de arquitectura nunca trabajamos de noche- de once talleres, solo tenemos abierto uno para juntarnos después de clase —porque está claro que tampoco tenemos ninguna asignatura en la que se trabaje en grupo-. Sarcasmos aparte, estamos hablando de necesidades básicas, igual que alguien de ciencias necesita un laboratorio o alguien de INEF necesita un gimnasio. La idea de mudarte consiste en mejorar lo que ya tenías, no en cambiar unas ventajas por otras. Es gracioso asomarse a la T3 por la cristalera y ver cómo los portátiles se enganchan a las regletas igual que los estudiantes nos hacinamos en torno a las mesas. Y no es la primera queja sobre el tema. En resumidas cuentas, tenemos un edificio estupendo que sería aun mejor si pudiéramos hacerlo nuestro. He visto a gente merendar, jugar al frisbee, hacer conciertos y beber cerveza en el patio y todo sigue en pie. ¿De verdad pasaría algo si pudiéramos usarla, tal y como su nombre indica, como una escuela? Laura García Rodríguez, diciembre 2015   Acudí un par de veces al antiguo Hospital Militar invitado para alguna charla introductoria a una clase de Proyectos. Y, en mi condición de responsable cultural del Colegio de Arquitectos desde 1994, se inició una fluida colaboración donde la Escuela de Arquitectura nacida el año anterior hacía tímidas aportaciones a la frenética actividad que promovía el Colegio.  Mi interlocutor era el entonces subdirector, Juan Calatrava, con quien apenas bastaron un par de conversaciones para llegar a acuerdos estables y desinteresados. El progresivo aumento del número de estudiantes provocó que el Salón de los Jueves se fuese nutriendo de un caudal cada vez mayor de alumnos de la Escuela; raramente los arquitectos no docentes acudían al Hospital Militar a escuchar conferencias. Porque entonces era, a todos los efectos, el antiguo Hospital Militar, aunque siempre me pareció más militar que hospital. Una nave alargada bajo cubierta improvisaba aulas en barracones, la disciplina castrense quedó sepultada bajo ideas construidas, la jerarquía militar se transformó en arquitectos localmente reconocidos con una recién adquirida vocación docente. La convocatoria en 1997 del Concurso de ideas para adaptación del edificio a Escuela de Arquitectura tuvo un fuerte impacto entre la profesión, convirtiéndose en reto añadido para los nuevos profesores. Muchos alumnos colaboraron en sus estudios, fomentando el interés por conocer las propuestas y alimentando una ilusión colectiva por entender la posibilidad, ratificada tras la selección efectuada para la segunda fase, de que era posible que alguien de los nuestros construyese la nueva Escuela en el corazón de la ciudad. En junio de 1998 se falla el concurso donde resulta vencedor Víctor López Cotelo. Tras la entrega del proyecto en 2003, las obras se inician en 2005. La Escuela abandona el Campo del Príncipe en 2002, instalándose provisionalmente en un instituto en la Autopista de Badajoz junto a las vías del tren. Desde el Colegio la actividad cultural mantenía un intenso ritmo, pero la consolidación de la Escuela en la ciudad desplazó a los arquitectos de su propia institución, convirtiéndose en lugar de acogida de los alumnos previo al desembarco profesional. El pulso vital ya estaba en el caudal imparable de la Escuela, que seguía exiliada en la sede provisional, recluida en la periferia, pero que contempló cómo el colectivo de arquitectos quedaba pacíficamente desbordado. Las obras se paralizan y la prometida reanudación se estanca entre liquidaciones, trámites administrativos y crisis económica.  En 2006 entro en la Escuela de Arquitectura como profesor del Área de Composición Arquitectónica y en 2007 abandono el Colegio de Arquitectos.  Durante nueve años de docencia, las promesas incumplidas de traslado se camuflan tras entregas, cambios de plan de estudios y el progresivo deterioro físico y afectivo hacia la sede provisional. En 2015 vuelvo al Campo del Príncipe a la nueva Escuela y me siento protagonista de una conquista histórica; estreno sede en un Congreso organizado por mi Área de Composición y soy invitado a un emotivo acto de graduación. Ahora ya nadie habla de Hospital Militar; ya tenemos Escuela propia. La crisis ha tirado por la borda la frenética actividad cultural del Colegio de Arquitectos y la Arquitectura se la apropian los alumnos, no los arquitectos. Y Juan Calatrava es ahora mi Catedrático de Composición Arquitectónica. Hoy, profesores y alumnos nos sabemos privilegiados por hacer nuestro un lugar de la ciudad histórica, descubriendo cada día que accedemos a la Escuela a través de sus calles empinadas que es allí donde realmente anida la vida. Con un entorno urbano abrumador,  la enseñanza de la arquitectura se enfrenta ahora a una cultura, tiene la bibliografía básica en sus propias puertas, en ese lugar mágico donde confluyen espacio y tiempo. La ciudad enseña a enseñar. Nos queda la responsabilidad de que las ideas no queden encerradas en las aulas, de que el Realejo se conozca mejor a sí mismo; debemos tener la obligación de hacer partícipes a la sociedad de nuestras líneas de investigación. Ya apenas recuerdo nada de la vieja sede, ni del silbido del tren interrumpiendo el relato del Panteón; antes al contrario, cuando circulo por allí sin detenerme detecto una balsámica desafección. Han bastado unas pocas semanas para tener la certeza de que aquí se aprende mejor y aquí se enseña mejor. El reto es ahora demostrar la capacidad de influencia de la nueva Escuela sobre el entorno que nos acoge para tener como objetivo final convertir la cultura arquitectónica en un bien de uso cotidiano. Ricardo Hernández Soriano, diciembre 2015   La finalidad de este texto es hablar sobre arquitectura. No es mi intención escribir nada técnico (básicamente porque mis conocimientos aún son escasos), ni pecar de pedantería. Ni mucho menos. Sin embargo, por suerte o por desgracia, hablar sobre arquitectura abarca mucho más que el campo técnico. Es hablar de espacios, de sensaciones, de sentimientos, de recuerdos, de imaginación, de los sentidos. Es hablar de arte. ¿Pero por dónde empezar? Me presento. Gracias a la incansable perseverancia de un padre arquitecto, pasé los primeros dieciocho años de mi vida enamorándome poco a poco (y sin ser consciente de ello) de esta disciplina. Todos esos años interiorizando conocimientos, sirvieron para que decidiese estudiar arquitectura. Lo que empezó como una ilusión, se materializó en mi admisión en la escuela técnica superior de arquitectura de Madrid. Pues bien, decidí pasar mi quinto año fuera de la escuela madrileña y Granada fue la opción ganadora. Su emplazamiento, la gente y saber que estrenaban nueva sede de escuela de arquitectura fueron los principales motivos de mi desplazamiento temporal a esta ciudad. He de recalcar que no fue como yo esperaba. Fue mejor. Todos nos encontrábamos en la misma situación. Recién llegados. Alumnos (de todos los cursos) y profesores. Nadie sabía a ciencia cierta dónde estaba nada y, los primeros días, la puntualidad era algo que no se tenía en cuenta. ¿Cómo elegir entre las mil y una escaleras que parecía tener la escuela? ¿Cómo saber qué escalera te llevaría a la planta o entreplanta en la que necesitabas estar? Llegar En el barrio del Realejo se sitúa la gran Plaza del Campo del Príncipe. Hoy esta plaza da acceso a lo que es la actual escuela de arquitectura de Granada, edificio que en su día fue el emplazamiento del Hospital Militar. Tras cruzar la plaza, te encuentras con el edificio, que se alza como un gran telón de fondo. La fachada, de un blanco impoluto, el gran portón de madera, la cubierta de tejas y, en contraste, las ventanas dejan entrever sutilmente la contemporaneidad del interior. La escuela no se alza como un hito en la ciudad. Se inserta en la trama urbana. Tiene cualidad de barrio. Se integra en él. Se hace accesible a todos. La prioridad es el espacio público, los flujos humanos que genera su uso, el carácter social. La arquitectura tiene que ser de todos y para todos. Arquitectura no es sólo el edificio, es cómo llegar, cómo recorrerlo. Todo forma parte de un único espacio público. Sentir El pavimento nos dirige hacia el interior y, nada más cruzar la entrada, la mirada se dirige de forma automática hacia el artesonado de madera del forjado superior. El diálogo entre la madera y el granito es el diálogo entre la construcción antigua, lo existente y lo contemporáneo, la reinterpretación. Siguiendo el recorrido que nos marcan las losas de granito y, de repente, cuando creías pasar a un interior, vuelves a estar en un umbral. A ambos lados se sitúan patios con distintas características y una común. La luz. Es algo que me llamó mucho la atención. La luz. La incesante entrada de luz  en todo el edificio. Desdibuja los límites interior-exterior creando un espacio intermedio. Un espacio umbral que se hace continuo sin perder la característica de transición. En palabras de Campo Baeza, “La arquitectura es luz. Luz al atravesar un espacio”. Pues bien, eso es toda la escuela de arquitectura. Luz. Evidentemente, dependiendo de la zona y del tipo de arquitectura, la luz aparecerá de determinada forma. En la escuela de Madrid, por ejemplo, la luz está siempre presente pero no de la misma forma. La luz pasa a través del edificio, pero no forma parte de él. Es arquitectura construida en torno a la luz, no con ella. Es siempre un interior, los límites quedan muy bien dispuestos. Todo lo contrario que en Granada. Los distintos espacios se suceden tanto en horizontal como en vertical. Siempre son amplios y nunca terminamos de saber o de poder definir si es un interior o un exterior. La mirada se vuelve global, más general, libre en un entorno no jerarquizado. Todo queda entrelazado de una forma muy sutil resaltando los contrastes; los elementos históricos conservados conviven en completa armonía con los nuevos materiales. Se superponen los diferentes lenguajes y esta nueva intervención se percibe como una capa más de historia. Reinterpretar Tras unos primeros días conociendo y recorriendo las diferentes zonas de la escuela, ahora toca adaptarse. Hacerse a los espacios y a su funcionamiento. Son los usuarios los que dan sentido a la arquitectura. Las obras se completan con el uso y el desgaste, con el paso del tiempo. Con la vida. Como la gran mayoría de los estudiantes de arquitectura, la escuela ya se ha convertido en mi segunda casa. Un lugar en el que pasamos tantas horas trabajando, se supone que debería estar preparado para suplir todas las necesidades de los estudiantes. Más siendo una escuela de arquitectura. Sin embargo, “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Errores de organización; los espacios de trabajo son insuficientes y los enchufes son un bien escaso (incomprensible cuando el método de trabajo a todos los niveles requiere ordenadores).  O de proyecto; los rellanos a mitad de los huecos de ventanas o la cantidad de puertas que hay que cruzar para llegar a los aseos de  la cafetería. Lejos de pretender ser un artículo de crítica, como sabemos, la mayoría de los fallos que se descubren con el uso de las instalaciones, son resueltos por los usuarios. La historia está llena de ejemplos que ilustran la capacidad de inventiva humana. Pero vaya, quizá se eche de menos que en una obra que ha durado tantos años, no estén resueltos esos inconvenientes. Aun con todo, conocer otra escuela de arquitectura es siempre una experiencia enriquecedora. Tan diferente y, a la vez, tan parecida a la escuela madrileña. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero pueden llegar a ser muy beneficiosas y, la contemporaneidad de la escuela granadina gana por goleada a su homóloga en la capital. Creo fehacientemente que la escuela está concebida como un lugar de intercambio; tanto académico como personal. Los flujos de tránsito son continuos, ininterrumpidos y los espacios no jerarquizados. No tiene cualidad de edificio cerrado, y volcado hacia sí mismo. Es, como ya he dicho, un umbral. Un lugar de todos. De los estudiantes, de los profesores y el resto de trabajadores, pero también de los vecinos, de los turistas, del barrio y de la ciudad. Inés Nieto, diciembre 2015 El otro día volví a la nueva Escuela de Arquitectura; tan estupenda con su placa y sus banderas recibiéndonos en el Campo del Príncipe; un edificio que aún tiene ese olor a nuevo, a regalo sin terminar de desenvolver. Da un poco de vértigo pensar en los ventidós años que han tenido que pasar desde que los primeros estudiantes de arquitectura de Granada entraron, de prestado, en la Facultad de Trabajo Social, hasta que los actuales han podido ocupar, por fin, su escuela. Entre inauguración e Inauguración Arquitectura ha pasado por Cartuja, Aparejadores, el Hospital Militar e Informática. De uno u otro modo he vivido todas las Escuelas de Arquitectura de Granada, salvo la actual, a la que he ido, voy, de visita. Y sin embargo, esa mirada de visitante que tengo ahora sobre el proyecto de Víctor López Cotelo no es una mirada nueva; mi punto de vista está contaminado por esos ventidós años. Si la estancia final en Informática se entendía como un exilio temporal, las iniciales en Cartuja y Aparejadores estaban cargadas del sabor de lo prestado; estábamos allí encajados como podíamos, en unas instalaciones que a duras penas podían responder a las necesidades espaciales de una escuela de arquitectura creciente (dos cursos, tres cursos…). O en las que nos veíamos forzados a convivir temporalmente con otras disciplinas, invadiendo sus rutinas. La primera llegada al Hospital Militar tuvo sin duda un sabor agridulce: llegábamos a un lugar inhóspito, frío, mal acondicionado, a todas luces insuficiente; pero al fin y al cabo era la tierra prometida, era un lugar cargado de posibilidades, y de algún modo íbamos a participar de la concreción de esas posibilidades. El enorme patio de gravilla era una bonita metáfora de esa promesa de futuro, mientras que el patio viejo representaba el misterio, la incertidumbre; cuántas puertas cerradas, cuántos lugares ocultos. Pero sobre todo pesaba, para bien, el emplazamiento; el Campo del Príncipe, tan cerca de todo (aunque tan lejos del resto de la universidad); la Escuela de Arquitectura como generador de vida en el tejido urbano, ¿no se trataba de eso? Ahora que por fin Arquitectura tiene su Escuela en Granada paseé por el edificio como quien visita a unos amigos que se acaban de mudar; hay mucho espacio que ocupar, muchos lugares de los que el uso ha de apropiarse. Las puertas ya no están cerradas (aunque por momentos uno se sienta Nicole Kidman, “abre la puerta, cierra la puerta”), los lugares ya no están ocultos, aunque haya que encontrarlos. El patio ya no es de gravilla, pero sigue cargado de promesas, de posibilidades, de vida que vivir allí. Si queréis conocer más sobre el edificio, la revista Márgenes Arquitectura le dedicó su número 8. Además, este proyecto ha obtenido el Premio de Arquitectura Española 2015. Y muchas gracias a Inés y Laura por su tiempo, sus miradas y sus palabras. Fernando Jiménez Parras,diciembre 2015


Palabras (urgentes) de arquitectura

Desordenadas, inconexas e incompletas

Escribo estas líneas (urgentes) porque ayer asistí, de modo tardío, desatento y descontextualizado, a un improvisado debate sobre términos arquitectónicos. Sobre lo acertado de unos u otros términos. Como no he sido capaz de hacerme con una posición propia en el debate creo que no tiene sentido que lo traslade aquí; no sería justo; confío en que los participantes de dicho debate, si me leen y se dan por aludidos, me comprendan y disculpen. Esto me provocó no obstante la reflexión que de modo absolutamente desordenado (ojalá deliberadamente desordenado) e inconexo (reflexiones aisladas que ocupan el cerebro cuando éste está libre de otros pensamientos) transcribo a continuación casi tal cual, sin ánimo alguno de crítica ni de pontificar, pues claro está que no soy quién, y sí generalizando mucho y quizás exagerando no tanto. Perdón por añadir ruido. A los arquitectos y arquitectas nos encanta hablar (y escribir) sobre arquitectura. O sobre Arquitectura; porque aquí empiezan los problemas: ¿Arquitectura o arquitectura?, ¿arquitectura o Arquitectura? Si alguno nos lo proponemos, somos perfectamente capaces de realizar una tesis sobre si han de usarse las mayúsculas o no. En cualquier caso, cuando escribimos o hablamos sobre nuestra disciplina lo hacemos, muchas veces, de un modo denso, espeso (el lápiz en pie entre las palabras): analizamos una obra, o un proyecto, o un croquis de redistribución de un área de elaboración de alimentos, y buscamos una transcendencia en el objeto de nuestras palabras… y en nuestras propias palabras. Nos gustan las palabras. Cómo no, benditas palabras. Y nos gusta leer nuestras palabras, utilizar las palabras, manipular las palabras. Decir lo que queremos decir. Exactamente lo que queremos decir, exactamente con las palabras con las que lo queremos decir (decir, escribir). Y por tanto nos gustan los juegos de palabras; cuanto más sutiles, mejor; así que con frecuencia tomamos prestadas palabras de otras disciplinas y las hacemos significar lo que queremos; las hacemos decir lo que queremos que digan (por nosotros). Y además nos encanta leer sobre arquitectura. Sobre concursos, proyectos, instalaciones, premios, leyes, obras… y Arquitectura (sí, esta vez con mayúsculas). Creo que con esto ocurre algo parecido a lo que ocurre con la fotografía: antes tirabas dos carretes de treinta y seis en un superviaje; cada foto era meditada, pensada, estudiada, medida... Hacías setenta y dos o setenta y cinco fotos en ese gran viaje de tu vida, y salvo las dos o tres que salían mal (movidas, sobreexpuestas, desenfocadas...), el resto eran excelentes fotos, que contaban cosas sobre los lugares que habías visitado. Ahora, con la fotografía digital (gratis), hacemos mil quinientas fotos cada vez que salimos al parque y con suerte habrá dos o tres visibles. Antes cada texto se meditaba, pensaba, estudiaba y escribía con cuidado, cariño, tiempo y atención, y algunos de esos textos los leía alguien además del autor, e incluso acababa publicado y quizás leído por más gente. Ahora cualquier texto, incluso los meditados, pensados y estudiados, sale a la vida pública en un momento, y con inmediatez sabemos cuánta gente lo ha leído o al menos ha hecho el paripé. A veces, sólo a veces, ocurre que nuestro gusto por escribir y nuestro gusto por leer se ponen de acuerdo de mala manera para crear un metalenguaje (en realidad es lenguaje, pero metalenguaje suena mejor) propio, un código interno de arquitectos para arquitectos. Un idioma propio que nos honramos de escribir, leer y entender. Supongo que en todas las disciplinas ocurre, hay textos especializados que sólo unos cuantos privilegiados son capaces de comprender. Y claro, ¿qué experto en una materia se atrevería a expresar que no entiende el texto escrito por otro reputadísimo experto en su materia? Por fortuna, en la mayor parte de las ocasiones las palabras son medidas y elegidas y empleadas de un modo acorde al lenguaje común, y abordan la cuestión de un modo claro y capaz de transmitir las ideas o conocimientos que se pretende; sea para expertos, neófitos, o absolutos ignorantes de la materia, las palabras significan lo que significan, y las ordenamos unas tras otras con mejor o peor estilo de modo que logramos hacernos entender, con mayor o menor precisión quizás, pero de un modo suficiente y adecuado a nuestros lectores. Si no, ¿de qué sirve el lenguaje? Hace algunos años, un anciano arquitecto de reconocidísimo prestigio, en la mesa redonda tras su conferencia, recibió una pregunta por parte de otro arquitecto, también de prestigio; como no podía ser de otro modo, la formulación de la pregunta fue extensa, repleta de digresiones, plagada de elogios, y precisa; o no tanto, pues bien fuera por la edad, el cansancio, las dificultades auditivas y/o idiomáticas, el preguntado, tras beber unos sorbos de agua, acertó a repreguntar: “¿Cuál era la pregunta?”. fjp, abril 2015


lecturas recurrentes

Cuando tenía aproximadamente diez u once años se editó una colección, no sé si semanal o quincenal, de las novelas de Emilio Salgari. Yo ya había leído “Los piratas de Malasia” y “El capitán Tormenta”, y durante algún tiempo en casa compramos dicha colección; no recuerdo, quizás diez o quince libros. La cuestión es que los libros llegaban al quiosco un día concreto (me suena miércoles), y esa misma tarde yo iba, lo compraba, y recorría el camino de vuelta a casa ya leyendo; no hace falta decir que esa misma noche lo terminaba, lo que me suponía un drama tremendo cuando la editorial había dividido la novela en varios volúmenes, y por tanto me quedaba con la intriga una semana (o quizás dos). Así que en mi memoria mi primer autor favorito es Emilio Salgari, con sus praos, corsarios, cimitarras, tugs, sanguijuelas… Sandokán, Yáñez, Mompracem… Durante bastante tiempo me imponía la obligación de terminar los libros que empezaba. Si me estaba aburriendo… mala suerte; pero no concebía dejar un libro a medias; no recuerdo cuándo dije ‘basta’ (no recuerdo cuál fue el libro que no logré terminar, que me hartó, que me cansó de tal modo; y todos sabemos que para muchas cosas no es lo mismo un salto de calidad que un salto de cantidad: una vez has hecho algo por primera vez, no es difícil reincidir). Aún hoy día me sabe mal dejar un libro a medias, pero supongo que la consciencia de que jamás podré leer todos los libros que querría leer ni releer todos los libros que querría releer me hace pensar que dejar a medias uno que me está disgustando es un mal menor.   No sé cuándo leí Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina; sí recuerdo que con quince o dieciséis años copié la portada, a lápiz; supongo que más o menos en ese tiempo lo leería. Pero sí sé que desde entonces durante muchos años fui (he sido, soy), incondicional de sus libros: ‘Beltenebros’, ‘El invierno en Lisboa’, ‘El jinete polaco’, ‘Ardor guerrero’, ‘Nada del otro mundo’, ‘Plenilunio’… Algunos los disfruté más, otros menos,  pero para mí Muñoz Molina (mi segundo autor favorito, supongo, cronológicamente hablando) es garantía; no sé de qué, pero garantía. Recientemente me gustó mucho ‘La noche de los tiempos’, no tanto ‘El viento de la luna’. Así que tras varios intentos frustrados, hace poco leí ‘Ventanas de Manhattan’, y si lo terminé fue “por ser vos quien sois”; en fin, supongo que no lo leí en el momento adecuado, con el ánimo adecuado, qué sé yo; quizás yo quería leer una novela y es evidente que no lo es.   Y todo esto viene o no a cuento porque quería escribir un poquito sobre Javier Marías; anoche terminé su última novela, “Así empieza lo malo”. “Corazón tan blanco”, “Mañana en la batalla piensa en mi”, “Tu rostro mañana”, “Los enamoramientos”; no son libros que se relean en un rato, pero todos querría releerlos. Así que cogía “Así empieza lo malo” con cierto temor, cierto miedo a la decepción (nos pasa con lo que nos gusta mucho, supongo: queremos más, queremos el más difícil todavía, la infalibilidad, pero tememos el fallo; un personaje de “La casa de verano” de Alfredo Gómez-Cerdá casi se alegraba del asesinato de Lennon porque de ese modo la obra de The Beatles era una obra cerrada, acabada, no había más, no había riesgo de una reunión que produjese un esperadísimo y deseadísimo nuevo disco que pudiera resultar una pifia y por tanto un borrón en una carrera inmaculada). No es “Así empieza lo malo” una novela fácil de leer; vaya, creo que Marías no es un autor fácil; requiere mucha atención, tomar aire y estar dispuesto a no respirar durante líneas y líneas, páginas quizás. No soy quién para realizar una análisis literario profundo del modo de escribir de Javier Marías, no le voy a descubrir a nadie sus digresiones, sus voces, su estilo. Pero si en apenas una semana he leído esta novela de quinientas y pico páginas (sin estar de vacaciones, se entiende), será por algo. Como no me va a leer, y no sé si lo que pienso se lo tomaría como un elogio, o como una crítica, o si (probablemente) me diría “no has entendido nada”, lo voy a escribir tal cual: Javier Marías lleva (casi) toda la vida escribiendo la misma novela; no es que todas sus novelas sean iguales (estilísticamente se reconocen, sin duda, pero no son iguales); no es que cuente siempre la misma historia (que no); es que para mi todas sus novelas (y sobre todo las que he citado, incluida esta última) y algunos de sus relatos (Cuando fui mortal), son una única novela. Creo que llegué a esta conclusión tras leer la trilogía “Tu rostro mañana”; tras leerla, recordé algo que Carlos Ferrater contó en alguna conferencia sobre las fotografías de arquitectura de Lluis Casals, y de cuánto éste había aprendido de los comics de Tintín, y que también tenía mucho que ver con el diseño de estampados para corbatas. Javier Marías nos está mostrando una enorme fotografía del mundo (del mundo, del tiempo, de la vida) pero lo está haciendo por partes, con detalle, y dejándonos a veces ver relaciones entre esas distintas partes, y siempre, siempre, mostrando que en los bordes de la fotografía que nos deja ver cada vez hay algo más (y siempre querremos más, claro); una gran madeja de hilo del que tira por distintos extremos, con nudos, con bifurcaciones, con tensiones, con más extremos. Y además lo hace, creo, transmitiendo plena consciencia sobre la narración, sobre lo que supone la novela, sobre lo que supone contar, verbalizar, sobre el poder de la palabra (pensada, escrita, dicha, oída, leída, olvidada, recordada, reprimida…). Como cuando leía a Salgari, ahora me toca esperar, quizás tres o cuatro años, para seguir recreándome en ese mundo. fjp marzo 2015


Puerta Nueva a la Alhambra: quejas y lamentos

El domingo pasado amaneció Granada envuelta en niebla. Un día feo, o al menos difícil de ver. Así que tras algunas dudas finalmente iniciamos nuestro plan familiar matinal: excursión a la Alhambra (en realidad, paseo por los exteriores, casi). Entre unas cosas (demoras) y otras (más demoras), finalmente el plan se transformó en paseo por el Carmen de los Mártires tras los pavos reales y otras aves, y por el Palacio de Carlos V, incluyendo descenso a la cripta para ver la exposición “Álvaro Siza Vieira: Visiones de la Alhambra”. Supongo que gran parte de mi problema fue pensar que iba a poder conocer en profundidad el proyecto del Nuevo Acceso y Centro de Visitantes. Qué cosas. Como el tiempo (ains, el tiempo) se nos había echado encima, no tuve más remedio que afrontar la visita como un curioso que pasa por allí y casi se limita a “echar un vistazo”; tendré que volver con mis gafas de arquitecto. Y dicho esto: ¿Tanto trabajo cuesta exponer unos planos para que los entienda la gente? Es absolutamente imposible que una persona “de la calle” visite esta exposición y saque unas conclusiones reales sobre el proyecto que pretendía conocer. Los planos que hay, paneles del concurso a escala 1:200, en tamaño A0, requieren un gran esfuerzo de lectura y análisis, que evidentemente llevan un tiempo. Si los arquitectos somos, son, incapaces de elaborar unos planos suficientemente sencillos para que los entienda “cualquiera”... apañados vamos. Sí, hay unas cuantas maquetas, que permiten apreciar la relación urbana, la volumetría general, algún detalle. Pero nunca entender cómo funciona, cómo va a funcionar el edificio. Y sí, hay cinco imágenes generadas por ordenador que dan una cierta idea del edificio… Si lo que pretende esta exposición es mostrar a la ciudad de Granada  (Berlín, Oslo, Toronto…) el proyecto de nuevos accesos a la Alhambra, y que la gente comprenda este proyecto, creo que la documentación escogida no es la más adecuada; si es lo que se pretende, claro. Nada, que tendré que volver.  fjp, marzo 2015


Puerta Nueva a la Alhambra: prejuicios

En los próximos días tengo la intención de visitar el Palacio de Carlos V con la finalidad de recorrer la exposición "Álvaro Siza Vieira. Visiones de la Alhambra",  en la que se presenta ante la sociedad granadina el proyecto (aún inconcluso) de nuevos accesos a la Alhambra. Empecé a leer algunas cosas al respecto del citado proyecto: desde que se inauguró la exposición, la prensa local ha publicado diversas noticias en las que algunas personas califican el proyecto de atentado, secarral, insensible, y "centro comercial". "Unos Abades a la entrada de la Alhambra". Como bastante contaminada tiene uno la mirada ya con su deformación profesional, con su equipaje en la memoria, con sus querencias, sus filias y sus fobias, he decidido no añadir más carga y visitar la exposición "desde cero". Tan desde cero como cada cual y su subjetivo* punto de vista puede. Llevo ya más de media vida viviendo en Granada. Me vine, y aquí me quedé. Sé que el hecho de no ser granadino hace que haya quien considere mi opinión menos válida con respecto a la Alhambra y el Albaicín; lo sé porque hace algunos años asistí a un acto en el que un arquitecto trataba de convencer a los asistentes de que su proyecto en el entorno del monumento era adecuado y recuerdo nítidamente a una señora reprocharle a voz en grito "pero es que usted no es de aquí"; agria polémica la que se organizó en aquellos días por el proyecto de marras y que acabó, si mal no recuerdo, con algunas modificaciones en la volumetría y texturas del edificio, que bajo mi punto de vista no le hicieron gran favor. Pero ese es otro tema. Aunque meses antes de venirme a Granada alguien me advirtió "te vas a aprender la Alhambra de memoria", no es así; no me la sé de memoria. Cierto es que durante algunos años la visité con suma frecuencia, en diversas circunstancias: con frío, con nieve, con calor, solo, acompañado, muy acompañado, corriendo, en bicicleta. Medí, fotografié, dibujé, delineé, calqué... Lo normal para cualquier estudiante de arquitectura en Granada, incluido algún examen de dibujo en pleno invierno, para regocijo de los turistas japoneses que nos fotografiaban (por cierto, una observación: tan desagradable es hacer una acuarela cuando el agua se evapora como cuando se congela). Ahora ya voy a la Alhambra de turista raso: pago cuando procede, me someto a los horarios de acceso, y sufro las colas con la familia, como todo el mundo. La Alhambra de Granada no es la Mezquita de Córdoba. Es obvio, pero creo que es importante. Para bien y para mal. La Alhambra es lo que es por su situación urbana y topográfica: aunque los comerciantes y hosteleros de Córdoba disfruten y aprovechen la situación de la Mezquita de un modo más que evidente. Pero Granada no es sólo la Alhambra: Granada es la Alhambra, la Catedral, el Sacromonte, el Albaicín... Así que si un turista viene a ver la Alhambra y se va a casa sin bajar por la cuesta de Gomérez, sin recorrer el Paseo de los Tristes, sin ver "el atardecer más bonito del mundo",..., algo estamos haciendo mal (o el turista, o Granada). Y no creo que comer o tomar un café mientras esperas cómodamente tu turno de acceso sea hacer algo mal. Recomendaba un artículo de una revista el Palacio de Carlos V por encima de cualquier otra cosa de Granada. Para mi fortuna, puesto que el patio de dicho Palacio es mi espacio favorito de la Alhambra (en dura pugna con un banco de piedra que hay subiendo por la cuesta de Gomérez),  es de acceso gratuito. Y para fortuna de todos, esa elección (ver una sola cosa en una ciudad) no hay que hacerla a menudo, así que lo deseable es ver el Palacio de Carlos V... y todo lo demás. Hablaba de mis prejuicios, y éstos hacen que si tuviera que confiar a ciegas a alguien el proyecto que nos ocupa, el elegido sería Álvaro Siza; tendría algunas candidaturas más, pero el elegido sería él. Y Álvaro Siza y Juan Domingo ganaron el correspondiente concurso de ideas, entre cuarenta y una propuestas. Siza no es Dios, claro, no es infalible. Pero cuando visite la exposición, trataré de dejar mis prejuicios disfrutando del patio circular, e intentaré, con toda la objetividad de la que sea capaz, leer, entender y analizar el proyecto. Ojalá mi apuesta hubiese sido acertada, porque creo que la Alhambra se merece un Siza, creo que Granada se merece un Siza, de verdad. * La objetividad es imprescindible, sí, pero sólo existe desde la subjetividad que aporta el conocimiento, la experiencia, la memoria. Somos subjetivos porque tenemos nuestro punto de vista, vemos desde nuestros ojos. Para ser objetivos tenemos que hacer el esfuerzo de salirnos de nosotros mismos, de abandonar nuestro punto de vista, o de juntar éste con los demás, unir nuestra subjetividad a la de los demás.


Geometría para náufragos

El horizonte según la definición de la Rae es “el límite visual de la superficie terrestre, donde parecen juntarse el cielo y la tierra”. En geometría descriptiva, en el sistema cónico, la línea del horizonte se sitúa en el infinito, a la altura del punto de vista. En algún momento de nuestra educación infantil aparecía una secuencia dibujada que nos evidenciaba que la tierra era redonda: desde el puerto, un observador veía acercarse un barco; inicialmente aparecía por el horizonte solo la bandera, luego el mástil, las velas completas... hasta que finalmente se revelaba la embarcación completa. Esta visión se producía (evidentemente) por la curvatura del planeta, que en el mar no se ve afectada por el relieve superficial; si la tierra, y por tanto la superficie marina, fuesen planas, en todo momento el observador habría visto el barco completo, aunque cada vez más grande (más cercano); como en nuestra geometría descriptiva. Cuando el carguero en que viajaba con su familia se hundió, Piscine Molitor Patel logró mantenerse a salvo en un bote salvavidas. Allí encontró un manual de supervivencia, en el que aprendió que el horizonte, visto desde la altura de un metro y medio, se encuentra a una distancia de cuatro kilómetros. Redefinamos el horizonte como el lugar donde se juntan el cielo y el mar, y determinemos dónde está. En realidad, la operación es muy sencilla: sólo tenemos que definir un triángulo rectángulo en el que el cateto mayor es el radio terrestre  (distancia del agua al centro de la tierra, el radio de la tierra), la hipotenusa la distancia entre el centro de la tierra y el punto de vista del observador (el náufrago que doma al tigre y está pendiente de que aparezca un barco que le rescate, es decir, el radio de la tierra más la altura del observador), y el cateto menor la distancia al horizonte (d). Y aplicando el teorema de Pitágoras (el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos), obtendremos el valor de la distancia al horizonte. Ninguno recordaremos el radio de la tierra (ni el mínimo, ni el máximo, ni el medio, por aquello de que la tierra tiene forma de esfera achatada por los polos). Sin embargo, en lo más recóndito de nuestra memoria académica encontraremos algo que relacionaba el metro y las dimensiones terrestres... Sí, por definición, un metro es la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre. Es decir, que el meridiano terrestre mide cuarenta millones de metros, por lo que es fácil calcular que el radio terrestre es 6.366.197 metros (suponiendo la vaca esférica y homogénea). Y como el manual de supervivencia establecía la altura del punto de vista en 1,5 m..., podemos afirmar que el horizonte se encuentra a 4370 metros del observador. Si Rodrigo de Triana gozaba de buena vista, la noche era despejada (y supondremos de luna llena), y estaba atento a su labor,  cuando gritó “¡Tierra a la vista!” estarían aproximadamente a 15 km de la misma, que era la distancia al horizonte desde los aproximadamente veinte metros de altura del palo mayor de la Pinta.   * Piscine Molitor Patel es Pi, el protagonista de La Vida de Pi, novela de Yann Martel llevada al cine por Ang Lee.  


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